viernes, 22 de marzo de 2013

MENTIRAS QUE COSTARON 120.000 MUERTOS


Una mentira que costó millones de dolores y billones de dólares

 Por Juan Gelman
Se ha cumplido una década de la invasión a Irak y no parece que el terrorismo haya acabado en un país que EE.UU. y sus socios de la OTAN “liberaron” de esa peste. Los medios dan cuenta de una docena de ataques suicidas o con automóviles cargados de explosivos, especialmente en Bagdad y Mosul, pero también en otras ciudades y pueblos aledaños a la capital. Los principales dejaron un saldo de 65 muertos y más de 240 heridos. En conjunto, casi cien fallecidos y un número indeterminado aún de lesionados. Al Qaida “celebró” así el aniversario.
Esa intervención militar “preventiva” causó la muerte de unos 120.000 civiles iraquíes, la de 4800 efectivos occidentales, la mayoría estadounidenses, el desplazamiento de cinco millones de habitantes (www.thelancet.com, 16-3-13) y se basó en varias mentiras de la Casa Blanca capitaneada por W. Bush: Saddam Hussein tenía relaciones con Al Qaida y un arsenal de armas de destrucción masiva (ADM). El gobierno de EE.UU. no se enteró sólo después de que no se hallaran en el país invadido. Lo sabía antes de invadir.
“No hay dudas de que Saddam Hussein tiene ahora armas de destrucción masiva”, declaró el vicepresidente Dick Cheney en el 2002. Las afirmaciones en idéntico sentido se multiplicaron. Una investigación que un comité de la Cámara de Representantes llevó a cabo en el 2004 estableció que “el presidente Bush, el vicepresidente Cheney, el secretario Rumsfeld, el secretario Powell y la consejera de Seguridad Nacional Rice formularon 237 declaraciones engañosas sobre la amenaza que representaba Irak”. Al menos 61 de ellas “tergiversaron los lazos de Irak con Al Qaida” (www.archmve.org, 16-3-04). Una investigación del Senado realizada en el 2006 también reveló estas falsedades (www.empywheelnet, 8-9-06).
Lawrence Wilkinson, ex jefe de Gabinete del secretario de Estado Colin Powell, manifestó que en el 2002 se autorizaron los “métodos duros”, es decir, las torturas, “con la prioridad de descubrir evidencias que vincularan a Irak con Al Qaida más que para prevenir otro ataque terrorista en EE.UU.” (www.thewashingtonnote.com, 13-5-09). El gobierno de W. Bush no cejó en esta presión sobre los servicios de inteligencia: Paul Pillar, el funcionario de la CIA que coordinó la rápida redacción de una estimación de los servicios sobre los programas iraquíes de ADM, manifestó que “la atmósfera en la que se estaba trabajando, en la que era claro que ya se había tomado una decisión política, en la que se buscaba que los organismos de inteligencia apoyaran esa decisión en vez de proporcionar información para adoptar decisiones, todo esto era un elemento muy importante de dicha atmósfera” (www.pbs.org, 20-6-06).
La CBS informó en el 2009 que “escasamente cinco horas después de que el vuelo 77 de American Airlines chocara contra el edificio del Pentágono, el secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld estaba diciendo a su equipo que delineara planes para atacar Irak” (www.cbsnews.com, 10-9-09). Dos meses después del 11/9, Dick Cheney –preguntado acerca de la relación de Irak con el nefasto golpe terrorista– afirmaba en una conferencia de prensa que poseía un “informe plenamente confirmado de que (Mohammed Atta, el terrorista de Al Qaida que participó en el atentado) fue a Praga y en abril pasado, pocos meses antes del ataque, se reunió con altos funcionarios del servicio de inteligencia iraquí en Checoslovaquia” (www.washington post.com, 9-12-01). La CIA había calificado de falsa esa información en un memo que envió días antes a la llamada Sala de Situación de la Casa Blanca en la que se evalúan los datos de inteligencia (www.documentcloud.org, 1-12-01). Cheney lo sabía cuando afirmaba lo contrario.
La Casa Blanca también estaba en conocimiento de que Irak no desarrollaba programas de ADM. Como explicó el propio Paul Pillar: “Incluso tal afirmación no justificaba un caso de guerra. Entre otras cosas, entrañaba la evaluación de que si Saddam Hussein poseía, en efecto, tales armas era improbable que las empleara contra EE.UU. o se las diera a los terroristas”. Esto último era más que improbable: Irak no estaba en guerra. Y se recuerda el secreto y famoso Downing Street Memo sobre una reunión del entonces primer ministro Tony Blair con funcionarios de inteligencia que tuvo lugar el 23 de julio del 2002. Decía: “Bush quiere derrocar a Saddam con una intervención militar, justificada por la conjunción de terrorismo y ADM. Pero la inteligencia y los hechos fueron establecidos en torno de esa política” (www.thesundaytimes.co.uk, 1-5-05).
La Casa Blanca se apoyó en falsedades de las que era consciente para invadir Irak y su línea propagandística consistió en recalcar la ligazón Irak-Al Qaida en relación con el 11/9: explotó la indignación popular que causó el atentado. El argumento de las ADM era menos importante para lograr el apoyo de la opinión pública estadounidense. Esa guerra le costó más de un billón de dólares. Los iraquíes la siguen pagando.

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-216322-2013-03-22.html

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA IGLESIA Y EL VEREDICTO DE LA HISTORIA


De Bergoglio a Francisco

 Por Atilio A. Boron
Poco nuevo hay por agregar a lo mucho que ya se ha dicho sobre el papa Francisco desde su sorpresiva elevación al trono de San Pedro. Trataré de sintetizar esta breve nota en torno de tres ejes: a) las acusaciones sobre su actuación durante la dictadura genocida cívico-militar; b) su política como arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal; c) el posible impacto de su pontificado sobre la realidad sociopolítica de América latina.
En relación con el primer punto es indiscutible que su conducta se encuadró, en términos generales, en las deplorables líneas establecidas por la jerarquía católica. No fue un monstruo como Christian von Wernich, activo participante en la comisión de delitos de lesa humanidad y por ello condenado por la Justicia argentina; o un troglodita medieval como el obispo castrense Antonio Baseotto, que propuso colgarle una piedra de molino al cuello y tirar al mar al ministro de Salud Ginés González García por haber recomendado la utilización de preservativos. Pero tampoco fue un cristiano ejemplar como los obispos Enrique Angelelli y Carlos Horacio Ponce de León, el padre Carlos Mugica, los sacerdotes palotinos o las monjas francesas Léonie Duquet y Alice Domon, todos asesinados por la dictadura, o como los obispos Miguel Hesayne, Jorge Novak y Jaime de Nevares, duros críticos del régimen militar. El por entonces Provincial de la Compañía de Jesús tuvo una conducta reprobable en relación con dos de sus directos subordinados, los sacerdotes Francisco Jalics y Orlando Virgilio Yorio, quienes ejercían su labor pastoral en una villa del Bajo Flores y fueron secuestrados y torturados por la dictadura ante la inacción de su superior, que los privó de su protección. Algunos testimonios, como el de Alicia Oliveira, rechazan estas críticas señalando su activa colaboración para salvar la vida de clérigos y laicos en peligro. Pero la evidencia documental –que no es lo mismo que una opinión– aportada en estos días por Horacio Verbitsky en Página/12 o lo que escribiera un eminente católico como Emilio F. Mignone lo tipifican como un pastor que entregó “sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”, en un caso al menos de un nieto que fue apropiado por los represores manteniendo oculta esta información por años. Lo más probable es que ambas actitudes sean ciertas, pero los buenos gestos destacados por algunos no alcanzan para opacar la gravedad de los otros. En un país en donde todos sabían de los crímenes perpetrados por el terrorismo de Estado no se puede aducir ignorancia, menos que menos un sacerdote que administraba el sacramento de la confesión y en permanente contacto con el común de la gente. En su momento, Bergoglio pidió perdón en nombre de la Iglesia “por no haber hecho lo suficiente” para preservar los derechos humanos ante la barbarie del terrorismo de Estado; debería haberlo pedido, en cambio, por el explícito apoyo que la jerarquía les brindó a los genocidas y no por lo poco que hizo para combatirlos. ¿Neutralidad o tolerancia ante el terrorismo de Estado? ¡Hum!, recordemos lo que dice el Dante en La Divina Comedia: “El círculo más horrendo del infierno está reservado para quienes en tiempos de crisis moral optan por la neutralidad”.
Pero supongamos que un examen exhaustivo e imparcial dictamine la absoluta inocencia de Bergoglio en los años de plomo. ¿Qué podemos decir de su actuación durante la reconstitución democrática posterior a la dictadura? A tono con la contrarreforma lanzada por Juan Pablo II con el apoyo y beneplácito de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, Bergoglio se asoció a las tendencias más reaccionarias de la Iglesia argentina, lo que no es poco decir. Formado en el peronismo de derecha, militante de Guardia de Hierro en su juventud, durante su gestión como cardenal primado de la Argentina se alineó inequívoca y sistemáticamente en contra de todas las buenas causas: se opuso –sin éxito– al matrimonio igualitario; reaccionó con el furioso fanatismo de Tomás de Torquemada ante la muestra del artista plástico León Ferrari, que tuvo que ser levantada antes de tiempo; ha combatido con fiereza todo lo relacionado con la educación sexual, el control de la natalidad, la despenalización del aborto y los derechos de las minorías sexuales; mantiene dentro de la Iglesia (y así les extiende su protección) a criminales como Von Wernich y Julio César Grassi (condenados los dos últimos por pedofilia); atenta contra el carácter laico del Estado democrático y defiende con enjundia los privilegios que tiene la Iglesia en materia financiera y en el control sobre el proceso educacional, en abierta violación a lo dispuesto por la Constitución de 1994.
En conclusión, un papa austero y alejado del boato del Vaticano con una marcada preocupación por la suerte de los pobres, pero sumamente conservador. ¿Es esto novedoso? Para nada. El conservadurismo popular tiene larga historia, y no sólo en América latina. A diferencia de su variante elitista y aristocratizante, los valores e intereses tradicionales que sostienen un orden social injusto se refuerzan, aprovechándose de la ignorancia y credulidad de los sujetos populares ganados por la prédica eclesiástica. Es un conservadurismo plebeyo, excéntrico en sus formas, pero que presta un valioso servicio a las clases dominantes, como lo prueba la obscena explosión de júbilo de los genocidas en los juzgados cuando se conoció la designación de Bergoglio como pontífice, o la desbordante alegría de las más diversas expresiones y variados representantes de la derecha argentina, o la fenomenal campaña apologética de los diarios de la burguesía y del imperio –principalmente Clarín y La Nación, este último marcando la penosa involución moral de un periódico fundado por Bartolomé Mitre, un masón probado y confeso– ante las noticias procedentes de Roma. Con semejantes amigos, ¿cómo creer que Francisco va a imitar al santo de Asís, cuya renuncia a la riqueza y los bienes materiales fue total y absoluta? En compañía de estos ricos cofrades, la “opción por los pobres” difícilmente pueda ser algo más que un lejano acompañamiento de sus sufrimientos y privaciones, pero cuidándose de enseñarles quién es el que los condena a transitar por este valle de lágrimas, padecimientos e infortunios. Hace casi medio siglo que don Helder Cámara, obispo de Olinda y Recife, explicó muy bien esta contradicción: “Si les doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista”. No basta con la humildad ni con la confraternización con los pobres: de lo que se trata es de enseñarles que la pobreza no es resultado de un designio divino o de un capricho de la naturaleza, sino un producto histórico de una sociedad llamada capitalista, máquina implacable de fabricar pobreza y miseria y a la cual la Iglesia jamás tuvo la osadía de condenar a pesar de su intrínseca malignidad.
De los dichos y los hechos de Francisco no se desprende que esto vaya a ocurrir. Es bueno que el esclavo se rebele contra su amo, pero como decía Lenin, el cambio sólo se producirá cuando aquél se rebele contra la esclavitud, contra el sistema y no sólo contra uno de sus agentes. ¿Alentará Francisco la rebelión anticapitalista de los pobres, dado que dentro del capitalismo su suerte está echada? Nada en su biografía autoriza a pensar en ese curso de acción; lo más probable será que estimule su mansedumbre y eternice su sumisión. Es que la “opción por los pobres” de la Iglesia que surge de la contrarreforma liderada por Juan Pablo II y que barrió con los avances del Concilio Vaticano II no es la que proponía la Iglesia de Carlos Mugica, Jaime de Nevares, Miguel Hesayne, Oscar Arnulfo Romero (arzobispo de San Salvador), Sergio Méndez Arceo (obispo de Cuernavaca, México), Samuel Ruiz García (obispo de San Cristóbal, Chiapas), Pedro Casaldáliga y don Helder Cámara (Brasil) y Ernesto Cardenal (Nicaragua) o, en nuestros días, los teólogos de la liberación como Frei Betto, Leonardo Boff, Gustavo Gutiérres o Jon Sobrino.
¿Será su pontificado una remake del de Juan Pablo II? Es muy poco probable. El papa Wojtila fue un producto de finales de los setenta, cuando el mundo era muy diferente del de hoy. Fue el ariete que la burguesía imperial necesitaba para derrumbar a la Unión Soviética y los países el Este europeo. Pero esa estrategia fue eficaz porque aquellos regímenes padecían de un avanzado estado de descomposición moral, política, económica y social. En realidad, Juan Pablo se limitó a desencadenar la embestida final a un inmenso edificio que ya se venía abajo producto de sus propias contradicciones. Hoy el mundo ha cambiado mucho: el imperialismo ya no tiene, tal como lo reconocen sus propios intelectuales orgánicos, la gravitación del pasado. Los rivales son más numerosos y diversificados, y económicamente mucho más fuertes que lo que eran la URSS y los países de Europa Oriental. Sus aliados, además, son más débiles y vacilantes. La Iglesia, a su vez, se ha visto debilitada por una interminable sucesión de escándalos y carece de la credibilidad que había ganado en los años de Juan XXIII. Además, si se quisiera lanzar todo su peso para desestabilizar los procesos bolivarianos en Venezuela, Bolivia y Ecuador o las experiencias de transformación política en curso en otros países de la región, la respuesta será muy diferente de la que hace más de treinta años se verificara en el Este europeo. Aquí se trata de procesos que cuentan con un enorme apoyo popular que ni remotamente existía allá, y por consiguiente el proyecto de las derechas latinoamericanas –organizadas, orientadas y financiadas por el imperio– de reutilizar el ariete eclesiástico que tan buenos resultados le diera en Europa Oriental para acabar con los gobiernos progresistas y de izquierda en la región terminaría en un rotundo fracaso. La “revolución de terciopelo” de Checoslovaquia nada tiene que ver con la Revolución Bolivariana de Venezuela, Evo Morales no es Lech Walesa, y Correa no es Ceaucescu. No sólo los procesos y la época histórica son distintos: los enormes problemas que enfrenta hoy la Iglesia (crisis financiera, delitos económicos del Banco Vaticano, alianzas con intereses mafiosos, pedofilia y sus juicios, el celibato sacerdotal, la incorporación de la mujer al sacerdocio y el postergado aggiornamiento reclamado por Juan XXIII) difícilmente le permitirán a Francisco dedicarle mucha atención a lo que ocurra en los países de Nuestra América. Es un buen administrador y tendrá que poner la casa en orden. Es también un muy hábil político, y sabe que muy pronto deberá convocar a un Concilio que permita destrabar viejas disputas que están corroyendo la Iglesia y aislándola cada vez más del mundo real. Hace exactamente quinientos años Nicolás Maquiavelo diagnosticaba en El Príncipe que, para salvarse, la Iglesia necesitaba una revolución. Tal cosa no ocurrió. Cuatro años más tarde, en 1517, estallaba la Reforma Protestante de Martín Lutero, y la revolución quedó congelada. Ahora, la revolución es muchísimo más urgente y necesaria que antes.
Si Francisco fracasa en este empeño, la suerte de la dos veces milenaria institución se verá muy seriamente comprometida. No hay que engañarse con las cifras manejadas por la prensa en estos días: de esos mil doscientos millones de católicos en todo el mundo, los realmente practicantes son una ínfima minoría, que además se achica cada día. Pretender socavar los procesos emancipatorios en curso en América Latina y el Caribe sería una pérdida de tiempo, el pasaporte para una segura derrota y un esfuerzo que desviaría al papado de su desafío fundamental. Tal vez por eso Leonardo Boff confía en que, pese a sus antecedentes, Francisco se abstendrá de seguir el curso que la derecha y el imperialismo le instan a seguir y elegirá, en cambio, el camino de la reforma. En pocos años la historia ofrecerá su veredicto.
* Politólogo, director del PLED, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-216195-2013-03-20.html

lunes, 18 de marzo de 2013

Sobre el capital transnacional y las instituciones financieras mundiales


NOAM CHOMSKY / ¿Quién es

 dueño del mundo?

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FuturoMX – David Barsamian: El nuevo imperialismo estadounidense parece ser sustancialmente diferente a la variedad más antigua en que Estados Unidos es una potencia economía en declive y por lo tanto está viendo menguar su poder e influencia políticos.
Noam Chomsky: Yo pienso que hablar sobre la declinación estadounidense debería tomarse con reservas.
Es en la Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos realmente se convirtió en una potencia mundial. Había sido la economía más grande del mundo por mucho desde antes de la guerra, pero era una potencia regional en cierta forma. Controlaba al Hemisferio Occidental y había hecho algunas incursiones en el Pacífico. Pero los británicos eran la potencia mundial.
La Segunda Guerra Mundial cambió eso. Estados Unidos se convirtió en la potencial mundial dominante. Estados Unidos tenía la mitad de la riqueza del mundo. Las otras sociedades industriales estaban debilitadas o destruidas. Estados Unidos estaba en una posición de seguridad increíble. Controlaba el hemisferio, y tanto el Atlántico como el Pacífico, con una enorme fuerza militar.
Por supuesto, eso declinó. Europa y Japón se recuperaron, y tuvo lugar la descolonización. Para 1970, Estados Unidos había descendido, si se le quiere llamar así, a alrededor del 25 por ciento de la riqueza del mundo; aproximadamente como había sido, digamos, en los años 20. Seguía siendo la potencia mundial abrumadora, pero no como había sido en 1950. Desde 1970, está bastante estable, aunque por supuesto hubo cambios.
En la última década, por primera vez en 500 años, desde la conquista española y portuguesa, Latinoamérica ha empezado a hacer frente a algunos de sus problemas. Empezó a integrarse. Los países estaban muy separados unos de otros. Cada uno estaba orientado por separado hacia el Oeste, primero Europa y luego Estados Unidos.
Esa integración es importante. Significa que no es tan fácil tomar a los países uno por uno. Las naciones latinoamericanas pueden unificarse en defensa contra una fuerza exterior.
El otro acontecimiento, que es más importante y mucho más difícil, es que los países de Latinoamérica están empezando individualmente a enfrentar sus enormes problemas internos. Con sus recursos, Latinoamérica debe ser un continente rico, particularmente Sudamérica.
Latinoamérica tiene una enorme cantidad de riqueza, pero está muy altamente concentrada en una élite pequeña, regularmente europeizada y a menudo blanca, y existe al lado de una enorme pobreza y miseria. Hay algunos intentos de empezar a hacer frente a eso, lo cual es importante – otra forma de integración – y Latinoamérica de alguna manera se está apartando del control estadounidense.
Se habla mucho sobre el cambio del poder mundial: India y China van a convertirse en las nuevas grandes potencias, las potencias más ricas.
De nuevo, uno debería ser bastante reservado al respecto.
Por ejemplo, muchos observadores comentan sobre la deuda estadounidense y el hecho de que gran parte de ella está en manos de China. Hace unos años, en realidad, Japón tenía la mayor parte de la deuda estadounidense, ahora superada por China.
Además, todo el marco para la discusión de la declinación de Estados Unidos es engañoso. Se nos enseña a hablar sobre un mundo de estados concebidos como entidades unificadas y coherentes.
Si uno estudia la teoría de las relaciones internacionales, hay lo que se llama la escuela “realista”, que dice que hay un mundo de estados anárquico, y que los estados buscan su “interés nacional”. Eso es en gran parte mitología. Hay algunos intereses comunes, como la supervivencia. Pero, en su mayor parte, la gente dentro de una nación tiene intereses muy diferentes. Los intereses del director ejecutivo de General Electric y del conserje que limpia sus pisos no son los mismos.
Parte del sistema doctrinal en Estados Unidos es la pretensión de que todos somos una familia feliz, que no hay divisiones de clases, y que todos estamos trabajando juntos en armonía. Pero eso es radicalmente falso.
En el siglo XVIII, Adam Smith dijo que la gente que posee la sociedad hace las políticas: los “mercaderes y manufactureros”. El poder de hoy está en las manos de las instituciones financieras y las multinacionales.
Estas instituciones tienen un interés en el desarrollo chino. Así que si usted es, digamos, el director ejecutivo de Walmart o Dell o Hewlett-Packard, se siente perfectamente contento de tener una mano de obra muy barata en China trabajando bajo condiciones horribles y con pocas restricciones ambientales. En tanto China tenga lo que se llama crecimiento económico, está bien.
En realidad, el crecimiento económico de China es un poco un mito. China es en gran medida una planta de ensamblaje. China es un exportador importante, pero aun cuando el déficit comercial estadounidense con China ha aumentado, el déficit comercial con Japón, Taiwán y Corea ha descendido. La razón es que se está desarrollando un sistema de producción regional.
Los países más avanzados de la región –Japón, Singapur, Corea del Sur y Taiwán– envían tecnología avanzada, partes y componentes a China, la cual usa su fuerza laboral barata para ensamblar productos y enviarlos fuera del país.
Y las corporaciones estadounidenses hacen lo mismo: Envían partes y componentes a China, donde la gente los ensambla y exporta los productos finales. A esto se le llama exportaciones chinas, pero son exportaciones regionales en muchos casos y, en otros, es realmente un caso en que Estados Unidos se está exportando a sí mismo.
Una vez que rompemos el marco de los estados nacionales como entidades unificadas sin divisiones internas dentro de las mismas, podemos ver que hay un cambio del poder mundial, pero es de la fuerza laboral mundial a los dueños del mundo: el capital transnacional, las instituciones financieras mundiales.

domingo, 17 de marzo de 2013

CHAVEZ Y EL COMBUSTIBLE PARA LOS MÁS NECESITADOS


El Bronx, uno de los barrios más pobres de Nueva York, homenajea a Hugo Chávez

En el Bronx, uno de los barrios más pobres de Nueva York, miles de hispanos y estadounidenses realizan homenajes y manifestaciones de afecto al líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez, a quien agradecen el programa de ayuda social que emprendió en favor de los más necesitados de esta comunidad.
Por iniciativa de Chávez, entre 2007 y 2010 el Estado venezolano destinó 1 millón de dólares anuales, por medio de la empresa Citgo, filial de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), para apoyar el desarrollo de proyectos sociales para esta comunidad.
La organización PetroBronx fue la encargada de ejecutar 30 planes que beneficiaron a escuelas, cooperativas de alimentos y de limpieza del río Bronx.
“El dinero que suministró Chávez tuvo un impacto enorme”, expresó a la agencia de noticias AFP el puertorriqueño Félix Leo Campos, quien formó parte del comité de PetroBronx.
“El presentó un modelo social distinto de soluciones, una solución alternativa, y apoyó esfuerzos locales para solucionar problemas crónicos aquí, del sur del Bronx, que no se solucionaban”, dijo.
A su vez, la trabajadora del Servicio de Educación Básica, Lucía Solano, de nacionalidad dominicana, destacó que el mandatario venezolano fue una persona humanitaria, preocupada por el bienestar de los pobres.
“No hay presidentes de EEUU que hayan visitado el sur del Bronx en años”, dijo.
La dominicana recordó que durante su visita a este sector popular neoyorquino en 2005, “Chávez nos dijo que hay que luchar y que no nos podemos dejar vencer por ser pobres. Había que poner un granito de arena y él lo puso”.

El socialismo es libertad

Por invitación del congresista demócrata José Serrano, Hugo Chávez acudió el suburbio neoyorquino en septiembre de 2005 para conocer la realidad de sus habitantes, luego de haber participado en la 60°Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
“El socialismo es libertad, amor y Cristo”, aseguró el Presidente a los jóvenes que se congregaron en los espacios del centro de Desarrollo Comunitario “The Point”, en el Bronx.
“La lucha de los jóvenes es muy importante, porque es la lucha por el planeta”, les comentó, al tiempo que expresó su opinión sobre la importancia de detener el proceso destructivo que genera el modelo capitalista en el mundo.
“En un principio, pensé que el capitalismo se podía humanizar pero el capitalismo es el demonio. Es Judas que vendió a Cristo por unas monedas. El socialista es Cristo, quien da la vida por los demás, que nos llama a amarnos a todos, ese es el socialismo”, expresó Chávez en aquella oportunidad.

Combustible para los más necesitados

Entre 2005 y 2013, casi dos millones de norteamericanos se han beneficiado del programa de suministro gratuito de combustible para calefacción que implementó el Presidente venezolano y que permite brindar apoyo a las familias que no disponen de recursos económicos suficientes para contar con este servicio durante el invierno.
Este plan que desarrolla el Estado venezolano, a través de Citgo y de la Citizens Energy Corporation (Corporación de Energía para los Ciudadanos), ha contado con recursos por el orden de los 465 millones de dólares, y atiende a habitantes de 25 estados de la nación norteamericana.
Asimismo, incluye a miembros de más de 240 comunidades indígenas y alcanza a más de 200 refugios para indigentes.
El diario argentino El Clarín recogió el testimonio de John Fritz, presidente de Mount Hope Housing , una organización sin fines de lucro que garantiza el alquiler de viviendas en el Bronx a precios bajos, y que cuenta con el apoyo de este plan de donación de combustible par calefacción.
“La mayoría de nuestros inquilinos son inmigrantes, fundamentalmente latinos, recién llegados que no tienen ni para comer. Pero gracias a Chávez, en invierno tienen calefacción gratis. Es una ayuda invalorable”, expresó.
Por su parte, el fundador de Citizens Energy Corporation, Joseph P. Kennedy II, manifestó a través de un comunicado su pesar por la desaparición física del presidente venezolano.
Chávez es un líder “que se preocupó mucho por los pobres de Venezuela y de todas las naciones del mundo y sus necesidades, incluso las necesidades más básicas, mientras que algunas de las personas más ricas del planeta tienen más dinero del que nunca razonablemente pueden gastar”, afirmó el sobrino del expresidente John F. Kennedy, y exintegrante de la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

El nuevo Papa es un cuadro


Setenta y dos horas son pocas para descifrarlo: su mirada conservadora y las especulaciones de los opositores.

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A Daniel Santoro, el artista plástico, que me puso en la pista de Los Embajadores
El jesuita Jorge Bergoglio proviene del peronismo ortodoxo, apadrinó un título honoris causa al genocida Massera, detesta el matrimonio igualitario y no simpatiza con el kirchnerismo, pero piensa igual que Cristina Kirchner en temas como el aborto, Malvinas, el liberalismo económico y las drogas. En suma, decir que el flamante Papa Francisco es una figura controversial sería, de mínima, la única certeza objetiva por fuera de las interpretaciones posibles y necesarias que surgen de su sorpresiva designación. Mirado con ojos argentinos, el nuevo Pontífice sería algo así como un significante vacío que se completa de sentido según quién y desde qué lugar se lo observe. Como la "baguette sepia" del cuadro Los Embajadores, del alemán Hans Holbein (ver ilustración adjunta), donde puede advertirse una figura que emerge de su parte inferior, y que tiene la forma de un pan o un hueso largo. Durante cuatro siglos, eso fue lo que cada uno quiso que fuera, hasta que un historiador del arte, Jurgis Baltrusaitis, acercando una cuchara sopera descubrió por el reflejo inverso que, en realidad, se trataba de una calavera, bastante fea, por cierto. Al parecer, Holbein es traducible como "hueso hueco", que es la manera en la que también se denomina al cráneo humano en Alemania. Sería entonces la vanidad del artista, por encima de los protagonistas de la obra, lo que allí quedó registrado como incógnita. Como una firma extravagante, disimulada en el portento del cuadro. Pero ese descubrimiento, en lenguaje geométrico, es la anamorfosis, una deformación reversible que sólo adquiere sentido concreto cuando se la ve desde la perspectiva adecuada, cuestión que llevada a la órbita del psicoanálisis produce algo parecido a la euforia entre los lacanianos. Para hacerlo simple: en el Fútbol Para Todos hay publicidades junto a los arcos que, vistas desde el lugar de los protagonistas y los hinchas de la popular, son un manchón colorido que no dice nada, pero para el televidente, son llamativas publicidades –prueben comprobarlo hoy a la tarde, ahora que los goles todavía siguen siendo gratis–.Si llevó cuatro siglos descubrir la pista megalómana de Holbein, 72 horas son pocas para descifrar al verdadero Papa Francisco y sus intenciones futuras. Visto con la cuchara sopera de una parte del bloque progresista del kirchnerismo, por ejemplo, su nombramiento representa una amenaza. Por eso vivió la noticia de su designación con estupor. Lo que hizo o dejó de hacer Bergoglio en relación a las desapariciones en mayo de 1976 de los sacerdotes Orlando Yorio y Francisco Jalics, en un contexto de nula autocrítica pública por la complicidad clerical con el genocidio, es un antecedente pesado, indigesto, para un sector del movimiento de Derechos Humanos que apoya las políticas de Memoria, Verdad y Justicia del gobierno. La autoría del término "crispación" para criticar el estilo frontal del oficialismo, sus nada elípticas asociaciones de la gestión a la corrupción y el acompañamiento espiritual a opositores como Duhalde, Macri o Elisa Carrió, desdibujaron casi por completo el tibio apoyo que pudo haber dado el ahora Papa a la Ley de Medios, su inaudible y tardío llamado a que los represores acudan a la justicia y aporten datos sobre los nietos desaparecidos o la satisfacción pastoral por la Asignación Universal por Hijo, todas ellas banderas simbólicas constitutivas del imaginario kirchnerista.  Sin dejar de apuntar que en temas como la interrupción del embarazo, la homosexualidad y el matrimonio igualitario, Bergoglio fue tan reaccionario como el ala inquisidora de la Iglesia Católica. El periodista Horacio Verbitsky, desde Página/12, tradujo este rechazo, lo puso en palabras inteligentes: "Su pasada militancia en Guardia de Hierro, el discurso populista que no ha olvidado, y con el que podría incluso adoptar causas históricas como la de las Malvinas, lo habilitan a disputar la orientación de ese proceso, para apostrofar a los explotadores y predicar mansedumbre a los explotados." De este bloque, Hebe de Bonafini, a través de un comunicado, con un lacónico "amén", evitó profundizar la disputa, y vale aclarar que ni Alicia Oliveira, ni el premio Nobel  Adolfo Pérez Esquivel, ni Clelia Luro –la viuda del obispo Jerónimo Podestá–, dieron crédito a las acusaciones, por las cuales Bergoglio ha sido citado como testigo en la justicia, pero no llegó a ser imputado, algo que reconoce incluso el abogado Luis Zamora, querellante de la familia Yorio.
¿Se convertirá Bergoglio en el Karol Wojtyla de este tiempo y de esta parte del mundo? ¿Será el sepulturero del proceso político emancipador que vive la Argentina y la región, como lo fue Juan Pablo II del "socialismo real" para garantizar el triunfo del capitalismo globalizado en los '90? Wojtyla recuperó un discurso cristiano-populista no exento de macartismo para sus objetivos políticos y pastorales. Conviene estar alerta. La advertencia descansa en la siguiente analogía: Juan Pablo II fue el Sumo Pontífice del Consenso de Washington que acabó con el comunismo; cuidado porque Francisco podría ser el que viene a desterrar las ideas populistas de izquierda predominantes en los gobiernos de América Latina y restaurar el "orden natural" de las cosas. No por sencilla, esta prevención es mentirosa. Es tributaria de una caracterización del personaje, de la institución que representa y de la experiencia histórica. Bergoglio, el Papa Francisco, el Santo Padre que vive en Roma, podría expresar un peligro, puesto que vendría a disputar, con la ayuda de la religión y su potencia en la hegemonía cultural y espiritual del continente –dicho en términos gramscianos–, el corazón y la mente de las masas que en todos estos años vienen apoyando a los Kirchner, a los Lula, los Chávez, los Maduro, a Dilma, Correa, Mujica, Castro, Evo, Ortega y todos los liderazgos populares que defienden una democracia inclusiva, que confronta con las corporaciones y los poderes internacionales.
La cuchara del peronismo clásico que también existe dentro del dispositivo kirchnerista permite verlo de otra manera. Julián Domínguez entró eufórico a la Cámara de Diputados el miércoles 13, al grito de "Tenemos Papa y es argentino". Parte de la bancada del FPV quedó de brazos cruzados y la oposición festejó como si el mensaje hubiera sido: "Dios eligió un vocero antikirchnerista." Es interesante advertir que dentro del kirchnerismo conviven dos culturas, que aprecian la política, el mundo y la religión de modo diferente, sin por eso declararse enemigas. Cuando se habla del kirchnerismo como un todo homogéneo, se olvida mencionar los matices que aportan tradiciones populares que no son las mismas, pero que anteponen las muchas coincidencias a sus innegables diferencias. Allí radica buena parte de su potencia, que condena a los opositores la mayoría de las veces a ser espectadores de mayorías que se unen en una elástica diversidad, sin resignar perfiles ni propósitos. Pero volviendo a este sector del kirchnerismo, su lectura es que por primera vez en la historia hay un Papa latinoamericano, no europeo, de indudable prosapia peronista ortodoxa, que es el menos conservador de una serie de obispos y cardenales que están casi en la ultraderecha, como Aguer o el mismísimo Ratzinger, y que es dueño de una sensibilidad popular que podría acercarlo a la opción preferencial por los pobres, a Juan XXIII y al Concilio Vaticano II, al menos, en apariencia. Cuando Nicolás Maduro, Rafael Correa y Leonardo Boff (referente de la Teología de la Liberación) saludan al nuevo Papa como un signo del cambio de época, este grupo se siente de alguna manera reafirmado en sus convicciones. Como si privilegiara la esperanza celestial a la desconfianza humana. Hablamos de una corriente peronista que no está peleada con las visiones progresistas, de hecho, las incluye en sus decisiones, pero que es indudablemente mucho más pragmática y porosa a la espiritualidad popular. Que puede votar el matrimonio igualitario y ponerse contenta con el éxito de Francisco, que lo combatió con una semántica antediluviana. Decir pragmática es insuficiente. Es, por conformación ideológica, de un oportuno realismo: las cosas son, buenas o malas, según convengan o no al proceso político general de construcción de mayorías en una circunstancia determinada. Apenas conocida la noticia, son los que salieron a explicar por lo bajo que una cosa es Bergoglio como obispo metropolitano, y otra como Papa, representante de 1200 millones de fieles en el mundo. Tercia, en este caso, una mirada estatalista con proyección diplomática, de la que el ala progresista a veces no se hace cargo. Cuando Cristina Kirchner saludó desde Tecnópolis la asunción del nuevo

Pontífice, diciendo que estaba muy contenta, que le deseaba lo mejor y, a la vez, marcándole la cancha en términos ideológicos, lo hizo pensando cómo piensa una estadista. Si Bergoglio hecho Papa levanta su voz contra el colonialismo inglés, el liberalismo económico y a favor de un nuevo orden económico internacional que contemple los derechos de la pobreza periférica podría ser un aliado clave para la Argentina y la región en la escena global. Cristina obró con cautela, no con estupor progresista, porque tiene una cuchara propia, de cuño peronista, para ver las cosas e interpretar aquello que realmente asoma bajo una verdad aparentemente sólida. ¿Es Francisco, entonces, un kirchnerista potencial? Nada de eso: como en la "baguette sepia" de Los Embajadores, eso que se ve es algo hueco que se llenará de sentido según el intérprete y sus circunstancias, si se usa la cuchara del pasado o la del futuro. Si la primera visita del Papa es a la Argentina, llena con un millón de fieles o más la 9 de Julio y en su discurso habla contra la "crispación", vuelve a mencionar la "reconciliación" con los represores y fustiga el matrimonio igualitario y el populismo, todo este sector peronista del kirchnerismo le recordará que los bombardeos a Plaza de Mayo del ’55 se hicieron desde aeronaves que tenían pintada la consigna "Cristo Vence", y adoptará la retórica principista del bloque progresista y la más combativa del peronismo de la resistencia. Estaríamos ante una paradoja histórica: un Papa peronista que le hace el juego a los gorilas y caceroleros que quieren tumbar a un gobierno popular, de origen democrático y raíz peronista. Pero eso todavía no pasó. Ahora Bergoglio está en el Vaticano, con problemas muy serios, como la pedofilia de algunos colegas, un Papa emérito a la par que como Reutemann vio algo que no le gustó y decidió marcharse, y el divino clearing bancario en rojo infernal, como para ocuparse de asuntos políticos de comarca que suceden en el fin del mundo. Su realidad ya no es la del microcentro porteño, sino la del universo católico, que es algo mucho más grande. La otra cuchara es la opositora. Si la arrima a Francisco, es verdad, no le aparece una calavera. Surge un Wojtyla, como mínimo. La alegría de sus referentes, desde Pino Solanas, Carrió, Stolbizer, Binner, Macri, De Narváez, Michetti, Moyano y el peronismo disidente del peronismo es, por estas horas, inmensa. Suponen que a Cristina le salió un Papa tan opositor como ellos, que con furia inquisitorial pondrá en orden a la Argentina K, y en ese orden ideal, los que vuelven al gobierno son ellos. Creen, sinceramente, que comenzó un cambio de ciclo. Una de las profecías de Carrió, al fin de cuentas, se cumplió: Bergoglio ocupa el sillón de Pedro. También el día de la investidura papal salieron el 40 (El Cura) y el 88 (El Papa) en la quiniela, y hasta los últimos cuatro números del carnet de socio de San Lorenzo del ahora Pontífice. Una golondrina no hace verano, pero entusiasma a los que están hartos del frío. Y la oposición vive, desde hace tiempo, esperando que un espejismo deje de serlo, como quien espera salir, precisamente, de los rigores invernales. Hay que decirlo: sus ganas tienen, esta vez, de dónde aferrarse. Si Francisco es Wojtyla, la trabajosa, artesanal y, a veces, voluntarista construcción político-cultural del kirchnerismo que avanzó 40 centímetros de un metro y medio por la disputa de sentido contra los monopolios y la mirada empresariocéntrica de las élites locales e internacionales que colonizan buena parte de la subjetividad de nuestra sociedad, entrará en un cono de incertidumbre y turbulencia. Volvamos a un escenario ya escrito: un Bergoglio que hable contra los populismos, que contribuya a la estigmatización del cambio democrático como hace Héctor Magnetto desde su diario, que advierta sobre la intervención del Estado con gramática afín a los sectores conservadores, que aliente el aislamiento internacional de la Argentina, que apunte contra la participación popular en la cosa pública con el sayo del clientelismo, que descubra la bondad de "la libertad de empresa", es decir, que propale a su rebaño cautivo de 1200 millones de fieles las mismas cosas que escribe Joaquín Morales Solá en La Nación cada domingo, lo convertiría en una especie de padre espiritual del antikirchnerismo. Esa prédica crearía condiciones que hoy no están dadas, o que fueron puestas en crisis por el oficialismo gobernante y con éxito durante una década, con el apoyo masivo de la sociedad. La oposición espera un milagro, es cierto. Pero tener al Papa de su lado sería como haberse ganado al proveedor oficial de los imposibles. La pregunta final es qué tiene Francisco para ofrecernos, detrás de lo que ve cada uno de los grupos que pretenden, suponen e interpretan algo, malo o bueno, de su cuadro. Cuál de todas las cucharas tendrá la virtud del utensilio de Baltrusaitis para reflejar la verdad de su esencia en un futuro que comenzó hace 72 horas. Para saber si debajo del cuadro de Bergoglio asoma una calavera como pronóstico de infortunio o un pan con que alimentar a los millones que vivimos entre el pesimismo y la esperanza.
El futuro todavía no está escrito.
Que Dios nos ayude a aprovecharlo.

http://www.infonews.com/2013/03/17/politica-65775-el-nuevo-papa--es-un-cuadro-bergoglio-nuevo-papa.php


El Vaticano vs. el Estado Nación

Los presidentes que se enfrentaron a la Iglesia, el "ejército" del clero y los problemas del Vaticano.

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Para bien y/o para mal Jorge Mario Bergoglio ya no es Jorge Mario Bergoglio. Ahora es Francisco, el primer Papa latinoamericano de la Iglesia Católica. Y desde un punto de vista futbolero, que sea argentino es motivo de orgullo para millones y millones de compatriotas –la mayoría de ellos católicos muy humildes de las villas, del Conurbano Bonaerense y de la profundidad de las provincias–, es motivo de esperanza y de alegría. También lo es, claro, para aquellos que desfilaron su odio el 8 de noviembre pasado y forman lo que se conoce como la derecha de este país –no me refiero a todos los que marcharon ese día sino solamente a los que destilaron su desprecio contra el gobierno, contra los pobres que reciben planes sociales (pero ellos se sienten encantados de donar a Cáritas para poder ser cristianos piadosos)–. 
La religiosidad –cosa difícil de entender para muchos– atraviesa todas las clases sociales y las identidades políticas, excepto para los marxistas y los hombres de negocios que tienen otras religiones. Puede haber socialistas católicos, liberales, radicales, nacionalistas de izquierda y de derecha, fascistas, indoamericanistas, militares, liberales prerorianos, peronistas de todos los colores. Pero, además, la Iglesia Católica destina para ellos un lugar de aceptación y contención. Porque absolutamente todos estamos atravesados por la ética cristiana. Cuando proclamamos la igualdad y la solidaridad, estamos proclamando valores cristianos, cuando nos casamos, cuando nos enamoramos, cuando nos sentamos a la mesa de nuestros padres, cuando realizamos los domingos la "misa" con toda la familia unida y compartimos el asado y el vino estamos siendo cristianos. La mayoría de los argentinos, el 76 por ciento según las últimas encuestas, es cristiano, de los cuales dos tercios no practican. Sin embargo, están atravesados por la ética cristiana. Incluso el 24 por ciento restante, simplemente por haber nacido en un país que sostiene el culto católico, está embebido por alguna u otra lógica cristiana. 
Podrán decirme que no es lo mismo cristiandad que catolicismo, y es cierto en términos estrictos. Pero en términos simbólicos, la vieja dominación y la hegemonía actual de la Iglesia Católica nos hace relacionar al cristianismo con un tipo de sotana negra repartiendo ostiazos a siniestra y siniestra desde el púlpito y ostias en la boca delante del altar, allí sí a diestra y siniestra (la foto de Jorge Rafael Videla comulgando lo demuestra).
Contrariamente al pensamiento del tradicionalismo argentino que afirma que la construcción de la nación ha ido siempre emparentada a la religión católica, lo cierto es que el contenido republicano de la Revolución de Mayo ha iniciado un arduo combate entre la tradición secular y los intentos de confesionalizar el Estado argentino. 
Bernardino Rivadavia, por ejemplo, fue uno de los primeros en enfrentarse a la curia. Una de sus principales medidas fue la Reforma Eclesiástica, que le trajo más de un dolor de cabeza al gobierno. Sancionada el 21 de diciembre de 1822, establecía la libertad de conciencia –exigencia de los ciudadanos ingleses–, la secularización de las órdenes monásticas y declaró bienes del Estado los que pertenecían a los conventos suprimidos de los Betlehemitas, Mercedarios y Recoletos, entre otros: al mismo tiempo, abolió los diezmos y primicias a la Iglesia, y los fueros y privilegios otorgados por la Corona española, y secularizó los cementerios. Rivadavia se convirtió de inmediato en "el hereje" y era anatematizado por los sacerdotes de todas las parroquias. El padre Francisco de Paula Castañeda, capellán durante las Invasiones Inglesas, hacía rezar en plena misa los fieles la siguiente oración: "De la trompa marina, libera nos Domine. Del sapo del diluvio, libera nos Domine. Del ombú empapado en aguardiente, libera nos Domine. Del armado de la lengua, libera nos Domine. Del anglo-gálico, libera nos Domine. Del barrenador de la tierra, libera nos Domine. Del que manda de frente contra el Papa, libera nos Domine. De Rivadavia, libera nos Domine. De Bernardino Rivadavia, libera nos domine." Claro que no todas las reacciones fueron tan ingeniosas: la más dura fue la llamada Revolución de los Apostólicos, surgida el 20 de marzo de 1823, al grito de "¡Viva la Religión!" y "¡Mueran los herejes!," y fue brutalmente reprimida por el gobierno.
Los constituyentes de 1853 encontraron una fórmula mixta para zanjar un problema irresuelto desde 1810: sostenimiento del culto católico pero, al mismo tiempo, libertad religiosa absoluta para los demás cultos. Además, muchos de ellos influenciados por el espíritu de la masonería, sujetaron a la Iglesia Católica al Estado por medio del patronato, una figura legal heredada de los tiempos de la colonia y que consistía en que el presidente argentino elegía las ternas de candidatos a obispos para que el Papa finalmente diera el visto bueno.
El sistema de patronato fue anulado en 1966 tras un acuerdo entre la Santa Sede y la dictadura de Juan Carlos Onganía donde se creó la figura del concordato, que otorga al Vaticano la facultad de nombrar y remover a los obispos sin necesidad de acuerdo con el presidente de la Nación, que sólo se reserva el derecho de objetar las designaciones. Es decir que todo el cuerpo eclesiástico depende desde esa fecha de una autoridad extranjera y el Estado argentino no tiene ningún derecho sobre él. Con la reforma de 1994, el concordato alcanzó rango de tratado internacional y fue colocado por encima de las leyes nacionales, aunque según la misma Carta Magna el Congreso puede reformularlo. En otras palabras, se trata de un Estado dentro de otro Estado. 
Los conflictos del siglo XIX marcarían una tendencia a lo largo de la historia. De allí en más, Estado e Iglesia se enfrentaron siempre para delimitar e interferir en las distintas áreas de incumbencia. Es decir, la Iglesia pugnó por influenciar en las decisiones políticas de los gobiernos de turno. Y lo hará casi siempre con un espíritu retrógrado. Obviamente que las participaciones menos felices fueron aquellas en las que las jerarquías eclesiásticas apoyaron a las dictaduras de turno, dentro de las cuales la complicidad con la de 1976-1983, debido a la represión ilegal y asesinato de 30 mil personas, abrió una brecha con la sociedad civil muy difícil de cerrar. 
El primer gran conflicto se produjo en 1884, cuando el por entonces presidente Julio Argentino Roca impulsó las leyes de educación laica y matrimonio civil, y la Iglesia se opuso terminantemente. Como respuesta, Roca expulsó al nuncio y rompió con el Vaticano. Las relaciones se restablecieron durante la segunda presidencia del tucumano.
Setenta años después un nuevo enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia tendría otra vez como origen el intento de un gobierno –esta vez de Juan Domingo Perón– de sancionar leyes de neto corte progresista, como fueron la fallida ley de divorcio, la supresión de la educación religiosa en los colegios y el proyecto de reforma constitucional para separar la Iglesia del Estado. Más allá de las verdaderas intenciones del por entonces presidente, quien llevaba adelante un conflicto de intereses con el catolicismo, lo cierto es que una vez más la Iglesia optó por el peor camino. Un año después, el 14 de junio de 1955, los monseñores Manuel Tato y Ramón Novoa atacaron al gobierno en la procesión de Corpus Christi. Al día siguiente, Perón le exigió al Vaticano la remoción de los obispos. El 16, los aviones de la Marina bombardearon la Plaza de Mayo y asesinaron a medio millar de personas. El lema de los militares golpistas era más que significativo: "Cristo vence".
Por último, el antecedente más inmediato fue el enfrentamiento que el ex presidente Raúl Alfonsín mantuvo con la Iglesia a mediados de la década del ochenta con la sanción definitiva de la Ley de Divorcio Vincular, el Congreso Pedagógico y la política de juzgamiento a las juntas militares por la conculcación de los Derechos Humanos durante la última dictadura militar. Y justamente el momento más pintoresco de esa pelea se dio en la capilla Stella Maris, sede del obispado castrense, cuando el ex mandatario subió al púlpito para responder los cuestionamientos políticos que le hacía un capellán militar, quien exigía la impunidad de los represores.
La historia muestra que las relaciones entre Estado e Iglesia siempre fueron incómodas. Con el gobierno de Néstor Kirchner esa característica se acentuó: el cambio de sede de las celebraciones del tradicional Te Deum del 25 de mayo, el enfrentamiento por el affaire Antonio Basseotto –quien pidió que el por entonces ministro de salud, Ginés González García, fuera arrojado al mar con una piedra atada al cuello–, las políticas reproductivas –educación sexual en los colegios, entrega de condones–, el matrimonio igualitario, la revisión del pasado y la complicidad con la última dictadura militar por parte de la jerarquía eclesiástica –Bergoglio, por ejemplo, soñaba con una mesa de la Reconciliación Nacional en la que se sentaran ex militantes revolucionarios y jerarcas militares a dialogar y cerrar "pacíficamente" esa etapa–. Con la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner esa pelea se aquietó un poco y hubo encuentros y diálogos con la jerarquía pero no se pudo resolver –porque es irresoluble– la cuestión de fondo: la soberanía de un Estado nacional frente a una corporación trasnacional.
Hoy, la Iglesia Católica maneja en la Argentina un verdadero ejército de 5236 sacerdotes y 10.823 monjas diseminados por todo el país y que le deben a la jerarquía una obediencia absoluta. La Conferencia Episcopal Argentina (CEA) nuclea un cuerpo de más de cien obispos o príncipes de la Iglesia, como les gusta hacerse llamar. Territorialmente está dividida en 13 arquidiócesis, 46 diócesis, tres prelaturas territoriales, una personal que es el poderosísimo Opus Dei, lo que sumados a eparquías y ordinariatos suma un total de 68 circunscripciones eclesiásticas. Internamente está dividida en 90 órdenes y congregaciones masculinas, y 231 femeninas. Su capital inmobiliario está representado por 60 monasterios, 30 institutos seculares, 30 seminarios diocesanos, diez universidades católicas, 75 santuarios, 2418 parroquias y 6549 iglesias y parroquias que estructuran una red de penetración en la sociedad que ninguna otra organización logró alcanzar. En cuanto a los medios de comunicación, posee dos diarios, una agencia informativa, 67 publicaciones periódicas, 100 radioemisoras, 32 editoriales y 82 librerías católicas. Como se ve, la Iglesia argentina es uno de los grupos económicos más fuertes del país. Todo esto sin contar el centenar de institutos primarios y secundarios que defienden a capa y espada. La relación con el Estado es un tanto ambigua. Las partidas presupuestarias que destina el Estado no superan los 20 millones de pesos (cifras extraoficiales para el pago de los obispos que no elije) pero además recibe muchas veces dinero contante y sonante a través de otras partidas. Lo demás proviene de un secreto entramado que incluye donaciones empresariales, colectas dominicales e inversiones dignas de una zaga de El Padrino. Además, se suman la recaudación de los millones de la colecta anual de Cáritas, más las donaciones constantes y particulares, y los de la colecta Más por menos, dinero destinado íntegramente a la ayuda social. En resumen, para que no queden dudas, la Iglesia Católica es un Estado dentro de otro Estado.  
El problema no es de nombres, es estructural. No se trata de quién es el presidente de la CEA o del Vaticano. La Iglesia es y será siempre una institución conservadora. Hace 1500 años que viene conservando su poder sobre Occidente y más allá de la crisis que atraviesa nada indica que vaya a eclipsarse. Hace pocos días dije el ahora Papa Francisco "es un hombre conservador en materia doctrinaria pero con una gran preocupación social, heredada de viejas convicciones de su juventud. Sin embargo, nunca fue, ni siquiera, la derecha del Episcopado argentino. Siempre tuvo del otro lado a la derecha más dura: el sector encabezado por Héctor Aguer y, por ejemplo, Esteban Cacho Caselli, embajador menemista ante la Santa Sede y con fuertes contactos en la línea ultaconservadora del otrora poderoso secretario de Estado de Juan Pablo II, Angelo Sodano, y que apostaba por el cardenal milanés Angelo Scola. Ni siquiera es el más ortodoxo de los posibles latinoamericanos: está menos a la derecha que el brasileño Odilo Scherer o que Oscar Rodríguez Madariaga, por ejemplo." Y que era "la menos mala de las opciones que había entre los cardenales del cónclave". 
También escribí que el Vaticano tiene problemas más urgentes que los gobiernos populares. A saber: el escándalo sexual de los sacerdotes pederastas, la falta de vocaciones en Occidente, la corrupción del Banco Ambrosiano, la abulia de los sacerdotes, el rol de la mujer, la complicidad de los obispos con el poder económico en todos los países, la crisis económica europea, las necesidades de reforma que provienen de África y América Latina, la competencia con el protestantismo anglosajón, con las telesectas, el Este milenario chino. En fin, la Iglesia Católica tiene que comenzar un nuevo diálogo con la modernidad, con el siglo XXI, y no simplemente modernizarse comunicacionalmente como lo hace el Opus Dei.
La elección de Bergoglio tiene un solo riesgo para la Argentina. Que Francisco quiera volver a ser de vez en cuando Bergoglio. Que empequeñezca su figura metiéndose en la política local de los países latinoamericanos a los que tan bien les está yendo sin la intromisión de ningún poder supraestatal. Esa sería una verdadera mala noticia, porque los Estados nacionales se verían amenazados por un nuevo poder. Una cosa es pelear fronteras adentro con una corporación con terminales en Roma. Y otra muy distinta es pelearse con otro Estado nacional que, además, tiene parte de sus soldados ideológicos "infiltrados" en el propio territorio del otro Estado nacional. Para que se entienda: una cosa es pelarse con Norman Osborn y otra muy distinta es hacerlo con el Duende Verde, para poner un ejemplo (valga el ejemplo para los seguidores del Hombre Araña). 
Ya no se trata de una cuestión ideológica, simplemente. Se trata de una cuestión nacional. Un Estado europeo –monárquico y teocrático– no tiene ningún derecho a inmiscuirse en repúblicas soberanas latinoamericanas. De todas maneras, no creo que esto ocurra. Supongo que Bergoglio no va a desperdiciar la oportunidad de convertirse en un Francisco Magno con relieve internacional para devenir en un Bergoglio mínimo. Es demasiado inteligente para eso, ¿o no? -

sábado, 16 de marzo de 2013

EL CAMINO ES REDOBLAR LA REVOLUCIÓN


“Chavistas” del Vaticano y la Sociedad Rural

No son pocos los que creen que la revolución latinoamericana debe ser, apenas y exclusivamente, un hecho estético.

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Unos días antes del desenlace de la enfermedad de Hugo Chávez, un diálogo (o como eso se llame) en Twitter giraba alrededor de un tópico muy movilizante para algunos: por dónde comenzaría a “resquebrajarse el muro” de gobiernos progresistas latinoamericanos. “Por Venezuela”, contestó uno, rápido para tipear. No era la conclusión de un profundo análisis político, sino, apenas, la última vela prendida a San la Muerte, esa quiniela.
Desde luego, lo intentarán. Si hubiera habido un candidato venezolano ya sería Papa. No problem: está Bergoglio. La designación del candidato argentino conlleva un claro mensaje: América latina se está convirtiendo en un problema demasiado severo para el nuevo (viejo) orden mundial capitalista.
En aquel intercambio, un conocido crítico de cine caracterizaba de dictadura stalinista propia de la Edad Media (sic) a la Revolución Bolivariana. Los hay todavía peores: “chavistas” a la carta, que apoyan las demandas de la palermitana Sociedad Rural; autoproclamados “socialistas”, de quienes los Utópicos se burlarían por ingenuos (o más), cultores del “neoliberalismo del Siglo XXI”, que el 14 de abril volverán a votar a Henrique Capriles; y hasta un renombrado periodista tirado hacia la “izquierda”, que cuestiona la legalidad de Nicolás Maduro para ejercer la presidencia con argumentos que tomó prestados de la legalidad neoliberal.
No son pocos los que creen que la revolución latinoamericana debe ser, apenas y exclusivamente, un hecho estético. Una cuestión de formas institucionales. Una fórmula de consenso con, eso sí, una pizca de emoción tercermundista. Acabar en un poema, en un fallo de Justicia, cuando esas formas debieran ser, en todo caso, su punto de partida, o la consecuencia de una vaga aproximación, de un rodeo que nunca cesa. Caber en una historia romántica, sin contradicciones, como quien guarda fotos viejas, de adorables momentos, en una caja de madera. Y si no, no. No es una desviación pequeñoburguesa; se trata de un viejo error histórico, y en muchos casos adrede.
Desde luego, ha de andar contenta por estas horas esta gente. Habrá júbilos por izquierda y por derecha. Las especulaciones oscilarán entre quienes piensen que muerto el perro se acabó la rabia, y quienes sostengan, al otro lado de la paleta ideológica, que ahora podrá sobrevenir sola, como un devenir inexorable y sin mayor contingencia, la revolución socialista. Ya surgirán en Venezuela “bolivarianos” de pura cepa que pretenderán darle clases de chavismo a Nicolás Maduro. En cuestión de horas, la CNN hallará insospechadas virtudes democráticas en Chávez, imposibles de ser repetidas por quienes continúen su revolución.
Para ellos la alternativa política y social de las clases subalternas, construida trabajosamente en la región (para algunos, apenas un rostro más del populismo bastardo, que no expresa las verdades reveladas del marxismo en estado puro; para otros, el virus populista) estará condenada a naufragar con la muerte del comandante, en definitiva un militar salido de las filas de un ejército burgués.
Quienes se ilusionan con la muerte de Chávez (y no pueden ubicar en sus estrechas categorías la demostración popular que la cortejó) debieran, mejor, aprender del ejemplo histórico. Cuando en abril de 2002 el líder bolivariano fue puesto en prisión por los golpistas que ocuparon el Palacio de Miraflores, una impresionante movilización de masas obligó a reponerlo en su puesto institucional. El pueblo en la calle fue condición intrínseca a esa revolución. Todavía hoy, uno y otra se habitan “como la madera en el palito”, diría el poeta.
No olvidarlo nunca: entre quienes montaron la operación que derivó en el golpe, con ejecuciones sumarias y todo, hubo sotanas y banderas rojas. Aznar, Bush y el Papa festejaron con champán y hasta dieron reconocimiento de Estado al coso ese asumido de apuro en Caracas, a quien el rey de España no mandó a callar. No hizo falta: la criatura duró sólo dos días, el papelón todavía hoy se recuerda, y vuelve a cobrar sentido en estas horas dramáticas, que sólo el tiempo y la historia volverán circunstanciales.
Por entonces, no existían políticamente ni Evo, ni Néstor, ni Lula, ni Correa. Apenas Fidel, aislado en La Habana, y sin la CELAC. La Iglesia no tenía necesidad de nombrar Pontífice a un latinoamericano; era redundante semejante espaldarazo a la derecha continental, como sí precisa ahora con suma urgencia. En toda América latina, la izquierda sólo tenía para tirar piedras contra los cristales de un neoliberalismo obtuso, en crisis terminal, pero lo suficientemente fuerte todavía como para sobrevivir un tiempo más. Por estos lares de más al sur, el bonaerense Duhalde meditaba lentamente que las insalvables contradicciones de su breve interinato no podían ser resueltas de otro modo: el garrote y hasta el plomo, como después descargaron sus fuerzas conjuntas de represión sobre los cuerpos de Kosteki y Santillán.
Aquel golpe brutal, fascista, de clase, manipulado groseramente en los medios de comunicación venezolanos, y finalmente inútil, no hizo sino reavivar el fuego revolucionario en toda la región. La iluminada izquierda de por aquí decía que el discurso de Chávez en la madrugada del 13 de abril, cuando volvió triunfante (o por lo menos vivo) a Miraflores, era una traición comparable al “felices pascuas” de Alfonsín.
Para apagar el incendio que empezaba a extenderse en el patio de atrás, las mangueras del imperialismo fueron cargadas con bencina. Que levante la mano quien esté seguro de que no vaya a ocurrir lo mismo tras la muerte de Hugo Chávez.
Ahora que murió el perro, regresado de Cuba sólo para morir en su tierra, entre los suyos, todavía mojado por la lluvia donde dejó sus pulmones en su último acto de campaña, muchos se darán cuenta que en América latina la revolución ya es incontenible, y nada la detiene. Ni un Papa argentino. Quizás hasta la presidenta Cristina revea su posición contraria al aborto. Millones de pordioseros, pobres, expulsados de un paraíso que el capitalismo sólo garantiza a unos pocos, aprendieron en estos años que vivir en revolución, profundizándola, es la única manera de estar vivos, de ser en el mundo. Cada cual sobre su sombra, cada cual sobre su asombro, a redoblar.

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