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viernes, 18 de febrero de 2011

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS


Cuatro males elegidos por la oposición



Por Hernán Brienza

Esos cuatro elementos van a formar el discurso que sonará en las trompetas de los jinetes del Apocalipsis que quieren retrotraer a la Argentina a la década de 1990.

Inseguridad, Protesta Social, Inflación y Corrupción. Estos van a ser los cuatro males que elegirá el conglomerado opositor formado por algunas figuras políticas y por cuadros empresariales para, utilizando los medios de comunicación que integran ese mismo andamiaje, atacar y esmerilar el poder construido por el kirchnerismo en estos últimos años y consolidado luego de la desgraciada muerte de Néstor Kirchner. Estos cuatro elementos van a formar el discurso que sonará en las trompetas de los jinetes del Apocalipsis que quieren retrotraer a la Argentina a la década de 1990.

A través de improvisadas juanas de arco, de organizaciones sociales minoritarias pero con capacidad de provocar cierta impresión caótica, empresarios –Techint, Cablevisión, Shell– que forzarán aumentos injustificados de precios –en algunos casos, como el de las frutas y verduras, las subas serán directamente inventadas, no sólo para generar sensación inflacionaria sino también para despertar la rueda especulativa que suscita el miedo en los comerciantes minoristas, por ejemplo– y, por último, los medios concentrados fogonearán toda investigación sobre actos de corrupción que, con pruebas o no, puedan influir en el humor social de individuos de clase media con tendencia a escandalizarse por todo acto de sobornos en los que no pueda participar de ninguna manera (es ironía, claro).

No es mala la estrategia, de hecho hasta ahora siempre funcionó. Resultó en 1989 cuando sucesos como el asalto al cuartel de La Tablada, la hiperinflación, la crisis económica, el caos social, la presión del empresariado, economistas como Domingo Cavallo o políticos como Carlos Menem se concatenaron para que el por entonces presidente Raúl Alfonsín apareciera como un líder debilitado que no podía controlar la situación. Sin embargo, ahora, hay algunas diferencias:

1) El empresariado no está muy convencido de que sea buen negocio el caos. Si bien el grupo de industrias de capital concentrado nucleados en la Asociación de Empresarios de la Argentina (AEA) y que forman una de las líneas internas de la UIA –representada, por ejemplo, por ARCOR y Techint– y los grandes estancieros de la Sociedad Rural ven con buenos ojos un derrumbe del gobierno; el 80% de los industriales –las pequeñas y medianas empresas reunidas en Apymes, empresarios medios de la UIA cuyos sectores como textiles, autopartes, maquinarias agroindustriales fueron fuertemente beneficiados con el actual modelo–, los productores agrícolo-ganaderos medios, que incluyen a los tamberos, claro, tampoco están muy convencidos de que el desastre o el cambio errático sea la mejor vía al crecimiento. Es decir, a diferencia de 1989, el bloque económico dominante está fracturado no sólo en forma horizontal sino también vertical.

2) La protesta social está relativamente controlada por las organizaciones de base que responden de una u otra manera a la estrategia de conservación del actual modelo de distribución de la riqueza. El peronismo territorial del Conurbano está aquietado porque a los intendentes no les conviene sacar los pies del plato, ya que la imagen de la presidenta Cristina Fernández hoy aporta votos para ganar en sus distritos –cosa que no ocurría en 2009. La CGT, salvo por el inefable documento del viernes defendiendo al “Momo” Gerónimo Venegas, se convirtió en uno de los pilares fundamentales que sostienen el modelo económico frente a las corporaciones. Las organizaciones piqueteros están contenidas con la generación de empleo –que las redujo–, por acuerdos ideológicos y por la Asignación Universal por Hijo que les quitó el rol de distribuidores de incentivos particulares. El único sector minoritario con capacidad de presencia mediática son las agrupaciones de la ultraizquierda marx(c)iana que, como el viernes pasado, cortaron la 9 de Julio para protestar en contra del principal accionista de Aluar y Fate, Javier Madanes. Interesante: los líderes sindicales trotskistas aparecieron sólo para objetar a un empresario que esta semana apareció como la pata kirchnerista en la UIA. Ese mismo día, la UATRE de Venegas y el duhaldismo cortaba rutas para exigir la liberación del Momo: ¿conspiración, coincidencia, oportunismo o infantilismo bolche? En resumen: los incidentes en el Indoamericano demuestran que el conflicto social puede generar ruido mediático, robar la vida de algunos seres humanos, pero no tiene posibilidad de extenderse en el tiempo ni de superar los 15 o 16 agitadores de turno.

3) Estados Unidos no sabe lo que quiere. No hay consenso de Washington por ahora. Por lo tanto, no hay en el horizonte programas de imposición de modelos económicos como el neoliberalismo que era el objetivo principal del republicanismo en los ’80. Eso genera cierta quietud por parte de sus usinas conspirativas, pero nada más. Apoyará, como en Honduras, todo complot que le suene a derecha, pero no llevará el protagonismo adelante. Además, más temprano que tarde encontrará su estrategia para la región. Tampoco hay un clima de retroceso de las ideologías de izquierda como ocurrió a fines de los ochenta con las crisis de la URSS, los países del Este y el cansancio que sufría la revolución sandinista en Nicaragua.

4) Con los números macroeconómicos con los que cuenta el actual gobierno, la inflación está lejos de desmadrarse. Tiene que ocurrir un terremoto económico-financiero para que el Estado, sentado sobre más de 50 mil millones de dólares de reserva no pueda mantener las riendas del caprichoso caballo de los precios. Pero, de todas maneras, sería importante para la profundización cualitativa del modelo nacional y popular que el Estado recupere su poder de control y de policía para poder monitorear la cadena de formación de precios y detectar los bolsones de especulación privada. Los argentinos necesitamos más Guillermos Moreno –con todas sus contradicciones y exotismos– y menos Martines Redrado, es decir, más intervencionismo y menos displicencia por parte del Estado.

5) La inseguridad es uno de los temas que puede causar un importante malestar en la sociedad, pero habría que tener en cuenta que después de años y años de operaciones periodísticas que instalaron la “sensación de inseguridad” es posible que esa agenda termine por convertirse en un discurso vacío que genere pánico sólo en los asustados y convenza sólo a los convencidos. Esto dicho, obviamente, sin desdeñar la problemática real del combate del delito y la contención social, sino poniendo el acento en la utilización mediática de la problemática.

6) El peronismo, opositor en aquel 1989, tiene ahora un problema: No solamente se encuentra en el gobierno sino que la única candidata que puede asegurar la victoria electoral en octubre es la presidenta. Es más, no hay ningún otro líder –ni gobernador ni legislador ni ex presidente– que pueda garantizar hoy por hoy el triunfo. Y tampoco hay quién pueda generar un proyecto político alternativo con una idea superadora o renovadora del kirchnerismo.

¿Garantiza esto el triunfo para el Frente de la Victoria? ¿Ya tiene el actual gobierno asegurada su continuación? No, claro que no. Sólo está planteado el terreno de la disputa. De cómo elabore la presidenta su estrategia de consolidación del poder propio, de la posibilidad que tenga de acrecentar su capital simbólico frente a los argentinos y de su propia voluntad política depende el destino del modelo nacional y popular. Del otro lado, por ahora, la oposición, no sólo la partidaria sino la corporativa, semeja un boxeador peso pesado con las manos quebradas: tira y tira golpes rápidos pero sin contundencia porque tiene miedo al sufrimiento propio, ninguno de esos lanzazos tiene capacidad de hacerle daño al rival, lo que le genera más impotencia. Pero claro que se trata de un peso pesado. Y se sabe, hay un momento de la pelea en que las manos quebradas se adormecen y el boxeador deja de sentir el dolor. Y es allí cuando puede volver a hacer daño.

sábado, 12 de febrero de 2011

DE CALIDADES Y CANTIDADES


Por Hernán Brienza
Si hay un acierto sustantivo que el kirchnerismo tuvo a lo largo de estos años fue la identificación de los poderes reales en la Argentina y, a partir de allí, elaborar una estrategia que intentara autonomizar al sector político, que incluye al Estado, de las corporaciones.

Se habló mucho en 2010 de la mentada “profundización del modelo nacional y popular” en la Argentina. Una de las primeras veces que retumbó la frase en público fue cuando Néstor Kirchner la pronunció en el acto recordatorio de la muerte de Eva Perón que se realizó en la Avenida Paseo Colón el 26 de julio pasado. Allí, en el palco junto a la CGT, las organizaciones sociales y las juventudes, el ex presidente anunció la decisión de llevar adelante esa misión y lograr que en la Argentina la distribución del ingreso se divida en un 50% para el capital y un 50% para el sector del trabajo, cifras que fueron alcanzadas en nuestra historia sólo durante los gobiernos de Juan Domingo Perón (1946-1955 y 1973-74). Una de las aspiraciones del kirchnerismo, entonces, fue y es llevar al país al mismo esquema de justicia social distributiva del peronismo clásico.

Se podría decir que la “profundización del modelo” tiene dos aspectos diferentes: el cuantitativo y el cualitativo. El primero está relacionado con la mejora de la distribución de la riqueza, el achicamiento de la brecha y la desigualdad social, la transferencia de recursos de un sector a otro de la producción –del campo a la industria o del sistema financiero a la tecnología de punta–, de los índices de desocupación, de ingreso, etcétera. El segundo está relacionado con aspectos que tienen que ver con cuestiones filosóficas e ideológicas, si se quiere: la dignidad de los trabajadores, el rol del Estado, los límites de la intervención en la economía, las formas de la hegemonía del frente nacional y popular, la circulación del poder de decisión, entre otros tópicos que podrían enumerarse. Mariano Fontela, en su reciente libro Peronismo y Ciencias Sociales, aplica esta diferencia a las mejoras de las condiciones de los trabajadores durante el primer gobierno de Perón: el concepto de “Justicia Social”, dice, está compuesto, por un lado, por los avances en “las condiciones materiales de los asalariados”, pero también por el elevamiento de la “cultura social” y los “aspectos espirituales” de esos mismos sectores. Ese esquema puede replicarse para otros ámbitos de la política.

Tras la muerte de Kirchner, importantes sectores de la militancia se entusiasmaron con la posibilidad de acelerar el proceso de cambio iniciado en 2003. La “profundización del modelo” se convirtió en el latiguillo de aquellos que vieron la posibilidad de “ir por más” gracias al imponente apoyo político que surgió en la plaza ese duro 27 de octubre y los días siguientes. Cierta urgencia, hija del entusiasmo, llevó a muchos a intentar apurar los tiempos en términos de una profundización cuantitativa. Sin embargo, la pelea de fondo en nuestro país estaba en otro lado.

Si hay un acierto sustantivo que el kirchnerismo tuvo a lo largo de estos años fue la identificación de los poderes reales en la Argentina y, a partir de allí, elaborar una estrategia que intentara autonomizar al sector político –que incluye al Estado– de las corporaciones. Primero fueron las Fuerzas Armadas, la Iglesia y los representantes de los productores sojeros. Luego fue el turno del andamiaje de medios de comunicación que reproducen el discurso hegemónico de la matriz histórica del poder concentrado. Se trató en cierta medida de la discusión por quién construye el relato de estos años. Pero, también, durante ese mismo proceso hubo una guerra silenciosa pero fundamental para el futuro de los argentinos: se trata de la disputa por la forma que el capitalismo debe tomar en la Argentina de los próximos años. Y el corazón de esa disputa es, claro, la puja distributiva.

Casualmente, tanto el gobierno de Néstor Kirchner como el de Cristina Fernández se fueron distanciando de algunos “socios” tradicionales del Estado argentino como el Grupo Techint, por ejemplo, se enfrentó directamente con el CEO de la Shell, Juan José Aranguren, adversario desde hace varios por la instauración del “modelo” y, claro, con el Grupo Clarín, desde la sanción de la Ley de Medios de Servicios Audiovisuales.

La semana pasada, en un mismo día, se produjo una batalla económica que pasó inadvertida para la mayoría de los argentinos, excepto para Tiempo Argentino. En forma absolutamente arbitraria, las tres empresas decidieron aumentar los precios para alguno de sus productos: Techint, las chapas laminadas en frío y en caliente –de las que depende la producción de automóviles y electrodomésticos, dos de las industrias que más crecieron en estos años, por ejemplo–; Shell, la nafta –con la incidencia que eso tiene en los demás puntos de la cadena de precios–; y Clarín decidió aumentar la facturación de Cablevisión aprovechándose del lugar monopólico que ocupa en el mercado. Como si se tratara de una estrategia de pinzas conjuntas, las tres empresas golpearon en un punto sensible para la opinión pública como es el tema de la inflación.

El gobierno, entonces, decidió responder con una medida que significó un paso en la “profundización cualitativa” del modelo nacional y popular, y que no es otra cosa que ampliar el espacio de intromisión del Estado en el mercado. Y lo hizo con la Ley de Abastecimiento en la mano, un recurso que los ciudadanos de a pie deberían defender en estos tiempos como una herramienta vital para poner a resguardo sus propios intereses. Promulgada el 25 de junio de 1974, unos días antes de la muerte de Perón, la norma fue pensada para un contexto duro como era la crisis mundial del petróleo y una fuerte puja distributiva que tensionaba la inflación. En su artículo segundo, la letra fría dice: “El Poder Ejecutivo podrá: a) Establecer, para cualquier etapa del proceso económico, precios máximos y/o márgenes de utilidad y/o disponer la congelación de los precios en los niveles vigentes o en cualquiera de los niveles anteriores; b) Fijar precios mínimos y/o de sostén y/o de fomento; c) Dictar normas que rijan la comercialización, intermediación, distribución y/o producción; d) Obligar a continuar con la producción, industrialización, comercialización, distribución o prestación de servicios, como también a fabricar determinados productos, dentro de los niveles o cuotas mínimas que estableciere la autoridad de aplicación... f) Prohibir o restringir la exportación cuando lo requieran las necesidades del país; g) En caso de necesidad imperiosa de asegurar el abastecimiento y/o prestación de servicios, intervenir temporariamente, para su uso, explotaciones agropecuarias, forestales, mineras, pesqueras; establecimientos industriales, comerciales y empresas de transporte…” En el artículo cuarto agrega: “Serán reprimidos… quienes: a) Elevaren artificial o injustificadamente los precios en forma que no responda proporcionalmente a los aumentos de los costos, u obtuvieren ganancias abusivas…

b) Acapararen materias primas o productos, o formaren existencias superiores a las necesarias, sean actos de naturaleza monopólica o no, para responder a los planes habituales de producción y/o demanda”.

Interesante. Esta semana, tanto el diario Clarín como La Nación publicaron importantes notas editoriales para denostar la Ley de Abastecimiento, que es una herramienta indispensable para controlar aquella inflación que sea producto de la especulación política y económica de los empresarios. Interesante, repito, porque los poderes concentrados y sus voceros tienen muy en claro cuáles son los intereses de los grandes grupos económicos y ponen el grito en el cielo cuando un Estado –en forma contradictoria, caprichosa, incluso– decide utilizar los instrumentos institucionales para intervenir en un mercado que de libre tiene poco y nada. El otro gran atacado fue, claro, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, quizás uno de los funcionarios que –también con sus contradicciones, sus caprichos, su estilo poco “formal”– haya defendido como pocos el bolsillo de los argentinos en estos años.

La profundización cualitativa del modelo es quizás menos rimbombante y produce menos placer estético para algunos apóstoles que, por ejemplo, la “defensa de los intereses del pueblo trabajador y la igualdad social”. Sin embargo, los argentinos deberíamos tomar conciencia de que la verdadera batalla consiste en legitimar ideológica y públicamente el rol del Estado como interventor del mercado. Posiblemente, en los meses que van de acá a las elecciones, la disputa ya no sea sólo por el relato, sino también una fuerte pelea económica entre las corporaciones y el Estado argentino. Y será una buena oportunidad para que el hombre y la mujer común analicen a conciencia pura sobre su futuro y sus propios intereses.

Blog de Hernán Brienza

sábado, 1 de enero de 2011

Apuntes para la militancia II


1) Una de las primeras lecciones en materia de conducción política que Juan Domingo Perón le ofrecía a quien quisiera escucharlo es que el primer deber de un líder es determinar quién es el enemigo. Porque recién a partir de allí se puede construir una táctica y una estrategia propia para alcanzar los objetivos. Incluso intentó explicárselo sin éxito, claro, a Fernando Pino Solanas en esa larga entrevista filmada que tuvieron en Madrid. Allí, Perón, citando a Mao, dijo: “Lo primero que el hombre ha de discernir cuando conduce es establecer, claramente, cuáles son sus amigos y cuáles sus enemigos, y dedicarse después, esto ya no lo dice Mao, lo digo yo: al amigo, todo, al enemigo ni justicia. Porque en esto no se puede tener dualidades. Todo el que lucha por la misma causa que nosotros es un compañero de lucha, piense como piense.”
Si hay algo bueno que tuvo poder escuchar las palabras que pronunció  Jorge Rafael Videla fue que permitió a los argentinos volver a encontrarse con un discurso desnudo, brutal, poco sofisticado, antidemocrático y que restauró la lógica amigo-enemigo en términos ideológicos pasados de moda –el kirchnerismo también coqueteó a veces con esta lógica pero con categorías bastante más modernas y ya no en el marco de un mundo bipolar y de la Doctrina de Seguridad Nacional como en los ’70. No tuvo dudas siquiera el ahora condenado a cadena perpetua en decir la tontera de que el gobierno kirchnerista “intenta instaurar un régimen marxista”. Sin embargo, planteó un escenario interesante: para la derecha más ultramontana, el gobierno es una expresión de la izquierda. Digo que es un mapa interesante porque clarifica. Para “ellos” –si es que hay un “ellos”– el enemigo no es Pino Solanas, no es Elisa Carrió, no es el Partido Obrero, que se divierte generando caos en las vías del Roca porque sus dirigentes saben que es relativamente barato jugar al chico malo con un gobierno que decidió no usar la fuerza como método de limitar la protesta. Para “ellos” el enemigo es el kirchnerismo.
Si hay algo bueno que tuvo el lanzamiento de la campaña de Eduardo Duhalde fue que permitió a los argentinos ver  a quiénes acompañaban al que fue el ex vicepresidente de Carlos Menem cuando se firmaron los indultos de los responsables de las violaciones a los derechos humanos de la última dictadura militar:  la inefable Cecilia Pando, defensora de Videla, Jorge Tata Yofre, jefe de la SIDE menemista de aquellos años, o Miguel Ángel Toma, fueron algunos de los rostros de una argentina perimida que realizó un durísimo despojo contra los sectores populares y que, cuando no tuvo más remedio, reprimió brutalmente la protesta social bajo la excusa de imponer el orden.
En coincidencia con estos dos hechos, Mauricio Macri agitó el discurso del orden y la represión, complementado con la acción de algunos militantes de filiación dudosa –entre la frontera del PRO y el duhaldismo– que atizan con el objetivo de generar la sensación de caos e inseguridad que, amplificado por las editorializaciones periodísticas de las cámaras de TN y de las tapas de Clarín marcan la agenda de los argentinos. Es decir, ya no se habla de redistribución, de democratización, de desmonopolización sino de control, de orden, de seguridad. En algún punto, a ambos dirigentes les cabe la categoría de “bombero piromaníaco” que Alain Rouquié le endilgaba a Perón; es decir, aquellos que se presentan como solucionadores de problemas que ellos mismo sgeneraron previamente.

2) Las elecciones de 2011 son fundamentales por el bloque opositor que se estructura contra el gobierno. La vieja política menemista, los agoreros del orden y el garrote, los grupos económicos concentrados como Techint, entre otros, los medios de comunicación hegemónicos, están dispuestos a esmerilar el consenso popular que mantiene la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner. El panorama internacional tampoco es el mismo: la derrota de Barack Obama, la crisis europea –con su cuota de xenofobia y cerrazón– y el fortalecimiento del FMI como garante financiero mundial alejan el clima de primavera progresista que parecía despertar hacia mitad de la década.
Para ganar las elecciones del año próximo, el peronismo kirchnerista, posicionado en la centro-izquierda, está obligado a seducir al electorado de centro y ampliar así su base electoral. Desgraciadamente para aquellos que miran al peronismo y al movimiento obrero organizado con desconfianza, la clave para obtener la victoria es la unidad de las fuerzas progresista con estos dos grandes protagonistas políticos, económicos, institucionales y sociales. Incluso, en algunos lugares con el progresismo subordinado a tácticas centrípetas. Porque, como se sabe, no se ganan las elecciones con posturas puristas y estéticas.
Tampoco se obtiene el triunfo en  2011 dividiendo las fuerzas de acción.  La lección de la elección porteña de 2007 debe servir como experiencia. Perón decía que “el que lucha contra un compañero es que se ha pasado al bando contrario. Generalmente defiende un interés, no un ideal, porque el que defiende un ideal no puede tener controversias con otro que defiende el mismo ideal… ¿Cómo es posible que un señor que está en la misma lucha esté luchando contra otro peronista, cuando tiene un enemigo contra quien naturalmente debe luchar?” El que saca los pies del plato, entonces, está apostando a una estrategia personalista o sectorial y está olvidando el objetivo principal: continuar y profundizar el actual modelo.
Ahora bien, el kirchnerismo debería también tener la generosidad de reservar para los socios menores un lugar de expectación política que le permita el juego de ser incorporado sin perder su identidad y sin hacer exageradas concesiones ideológicas que los comprometan con sus propios militantes. ¿Pero desde dónde se hace esa integración? Claramente desde el reconocimiento a la conducción del actual modelo. Porque como se sabe, conduce quien acierta en la estrategia y gana; no quien sólo tiene una fuerza testimonial y se erige como fiscal ideológico de un proceso que acompañó.

3) Los errores de los años ’70 deberían iluminar a la militancia “nacanpop”, progresista o de izquierda que simpatizan con el gobierno kirchnerista. En aquel desafortunado año ’73, la juventud intentó disputarle la conducción a Perón y, corriéndolo por izquierda, terminó acorralando a la derecha a un hombre de profundas convicciones aristotélicas. Debido a sus posiciones maximalistas, no percibió el verdadero significado de José Ber Gelbard en el Ministerio de Economía, ni el Pacto Social que garantizó la distribución del ingreso nacional en un 53% para el trabajador –la más alta en toda la historia argentina– ni tampoco el quiebre del bloqueo internacional a Cuba mediante créditos y exportaciones de maquinarias a la isla, entre otros ejemplos. Estaba más preocupada por su propio rol revolucionario que por analizar la correlación de fuerzas en el partido que se estaba jugando. Como se sabe, perdió la “juventud maravillosa”, perdió el propio Perón –incluso algunos sectores de la ortodoxia del movimiento–, y terminaron ganando, a la larga, los que querían “reorganizar” la nación conservadora. Si el pasado no sirve para revisar el presente, sólo sirve para el regodeo de bibliotecarios.

4) El año 2011 es fundamental para consolidar cierta hegemonía del movimiento nacional y popular en el país. Pero también para el destino de generaciones de argentinos que mejoraron sus vidas gracias a este modelo. Incluso también están en disputa esos millones de reserva que tiene el Banco Central y que son el ahorro colectivo y que pueden ser un buen coto de caza para los buitres nacionales e internacionales.
“Tomar el cielo por asalto”, es una bella frase de Carlos Marx, pero no parece ser la estrategia correcta para este momento histórico. No parece sensato apostar a todo o nada cuando se tiene parte del trayecto realizado. Una decisión incorrecta, como en el Juego de la Oca, puede hacer volver a un jugador al casillero de partida. Y a millones y millones de argentinos al infierno anterior que estalló en  2001.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Apuntes para la militancia



La toma del Parque Indoamericano mostró la peor cara de nuestra sociedad: xenofobia, racismo, impericia, desgobierno. Fue una fuerte derrota cultural para aquellos que militan en el campo del respeto a la diversidad, el humanismo y la defensa de los sectores populares.

  1) Hace unos meses escribí en una columna dominical en Tiempo que uno de los principales problemas no visibles de la Argentina era, fundamentalmente, el racismo oculto que denigra al 50% de nuestra población que es mestiza, que es negra, hija de esas cruzas entre blancos, indios y gauchos. La toma del Parque Indoamericano mostró la peor cara de nuestra sociedad: xenofobia, racismo, impericia y desgobierno. Fue una fuerte derrota cultural para aquellos que militan en el campo del respeto a la diversidad, el humanismo y la defensa de los sectores populares. Sin embargo, Mauricio Macri, quien fue leal a su clientela y le dijo lo que ella quería escuchar –un discurso basado en el orden, la represión y la discriminación–, también salió perjudicado. La Ciudad de Buenos Aires es mucho más sofisticada de lo que la mayoría de los políticos cree –incluso dentro del peronismo–, y los discursos burdos y lineales suelen espantar a una mayoría de opinión que está más ligada a un progresismo blanquito que a una centroderecha brutal y poco elegante. Pronto, Mauricio Macri también va a encontrar su techo en las encuestas. Pero lo importante es que allí hay una misión para cumplir: la principal batalla cultural en la Argentina –y sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires– es disminuir los niveles de racismo y de desprecio social. La toma de conciencia –incluso dentro del movimiento nacional y popular y de centroizquierda– del problema de la discriminación cultural y racial. La cuestión de la denigración hacia el mestizo está tan arraigada en el lenguaje que sorprende. La palabra “denigrar” –perdón por el acto de barato “grondonismo”– proviene del latín denigrationis, que significa oscurecer. Denigrar a una persona no es otra cosa que “ennegrecerla”. La misión de la militancia cultural en los próximos años no es otra, entonces, que resignificar los términos y, sobre todo, tender a la igualación de oportunidades. Lo cultural no es una máscara de las relaciones económicas, lo cultural es –y debe ser– justamente su representación simbólica; trastocar valores significa –y también en un juego dialéctico empuja porque libera– distribuir riqueza y solucionar los problemas infraestructurales de la pobreza.

2) Otro de los males que despertaron tras la apertura de la caja de Pandora del Indoamericano es el fanatismo argentino por las conspiraciones y las versiones conspirativas de la política. Las conspiraciones existen, claro, pero suelen ser mucho menos numerosas y exitosas de lo que todos suponemos. El problema de este tipo de visiones es que alimentan y agigantan la figura del conspirador y perjudican a la víctima de esas maniobras. Es decir, crean fantasmas invisibles, todopoderosos, invencibles, y relega a la víctima de esas maniobras como un ser indefenso, incapaz de manejar esas conspiraciones. Imaginar complots, maniobras oscuras, internas irrefutables es, en algún sentido, despreciar la capacidad de resolver problemas por parte de la conducción del proceso político actual, en este caso la presidenta de la Nación. Nadie, niega, claro la existencia de maniobras políticas desestabilizadoras, de generadores de caos ni de aprovechadores que se presentan como “únicos salvadores de la patria”. Pero tampoco es cierto que hay una gran conspiración en marcha cuyo camino es inexpugnable y cuya conclusión es inevitable.
Es más, el principal problema de la presidenta en este momento no proviene de fuerzas exógenas. No deberían ser hoy, ni el radicalismo ni el macrismo, sus principales problemas. Ni siquiera un disminuido Eduardo Duhalde. Las encuestas de imagen positiva y de intención de voto le ofrecen un colchón suficientemente mullido como para esperar a octubre llevando adelante un par de medidas más y haciendo la plancha. Pero la presidenta tiene y tendrá, si no tensa las riendas de ese caballo arisco y mañoso que es el peronismo, más problemas dentro de sus filas que fuera de ellas. Las supuestas internas entre Nilda Garré y Aníbal Fernández, las peleas por las candidaturas, las peleas cruzadas entre las distintas fuerzas de seguridad, los intereses cruzados por la gestión –como por ejemplo el reciente conflicto por el Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora– y la disputa de los recursos presupuestarios, perjudican más a la presidenta que la acción de sus adversarios directos.
La muerte de Néstor Kirchner, el 27 de octubre pasado, debilitó, sin dudas, esa conducción política compartida que llevaban los dos líderes kirchneristas. Iniciar movimientos subterráneos dentro de las propias filas, sin ofrecer ni tregua ni descanso, es sin dudas el peor acto de deslealtad que puede ejercer hoy un dirigente, un cuadro o hasta el último militante del espacio. Los actuales son momentos de debate, de discusión, de revisión, pero no deben ser momentos de deslealtades.

3) En los próximos meses se producirán miles y miles de discusiones y debates a lo largo y ancho de la Argentina. Algunos pocos de ellos serán sobre cuestiones de cierta profundidad. La mayoría será sobre las candidaturas. Bastantes kirchneristas de última hora se sentirán sorprendidos por algunas designaciones y otros serán reticentes a apoyar a ciertos candidatos. Mucho se hablará, seguramente, de un “corrimiento” al centro por parte del kirchnerismo, a juzgar por algunas candidaturas menos progresistas de lo que los entusiastas “profundizadores del modelo” esperan.
El simpatizante kirchnerista no debería perder de vista varias cosas: 1) Las tácticas electorales a veces difieren de la estrategia general. 2) La voluntad y la decisión transformadora del rumbo del actual proceso ya ha sido probada en casi ocho años de gobierno, por lo tanto, debería haber una confianza entre votantes, militantes y cuadros respecto de la conducción. 3)Hay que comprender que la base de sustentación del peronismo kirchnerista ya incluye a vastos sectores de la centroizquierda. Por lo tanto, debe seducir no sólo al electorado cautivo y convencido, si no a aquellos sectores que no están convencidos o miran con desconfianza al actual proceso político. En función de las pruebas de gestión, el electorado progresista K debería dar un salto de confianza respecto de las tácticas electoralistas para 2011. 4) No hay que olvidar que una verdadera estrategia transformadora de la sociedad no puede prescindir de la vocación de poder. Por lo tanto, el único objetivo para el movimiento popular y nacional no es otro que ganar la mayor cantidad de elecciones posibles en 2011.
¿Por qué? Sencillo. La maquinaria peronista se maneja desde la conducción, y conduce el que acierta la estrategia. Conduce el que gana. ¿Y por qué debería ganar las elecciones el kirchnerismo? Porque sería la primera vez desde 1983 que un presidente es elegido en contra de la voluntad de las corporaciones mediáticas y económicas y porque por primera vez en más de 150 años un gobierno que tracciona hacia la democratización, la desmonopolización y la distribución de la riqueza tiene la posibilidad de gobernar más de diez años en la Argentina.

4) ¿Los kirchenristas tendrán que tragarse algún sapo? Es posible. Juan Domingo Perón dijo alguna vez: “Cada uno dentro del movimiento tiene una misión. La mía es la más ingrata de todas: me tengo que tragar el sapo todos los días. Otros se lo tragan de cuando en cuando. En política, todos tienen que tragar un poco el sapo.” Para los votantes, militantes, cuadros, dirigentes y conducción estos no son tiempos de posturas “estetizantes” y “yoicas”. El año 2011 es clave para el futuro del país. Ese es el único objetivo. Después vendrán los tiempos de debate sobre cómo continúa la “profundización del modelo”