jueves, 8 de agosto de 2013

EL AUTOROBO DE CARLOS SAÚL MA$$ACRI

El Watergate que no fue

“¿Quién puede ser el hijo de puta que puede creer que esto me benefició?”, Malena Galmarini de Massa, sin filtro, después de que se supiera que el prefecto ladrón era un conocido de la familia.

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Con el infeliz episodio del prefecto que entró en el country Isla del Sol y se llevó la caja fuerte de su casa en un carrito ante las cámaras de TV del municipio de Tigre, Sergio Massa comprobó que por fuera de la amabilidad conveniente de Clarín y La Nación, su figura quedó asociada a un incómodo interrogante, cuando faltan pocos días para las PASO. De mínima, puede decirse que tuvo un comportamiento infantil, que manejó mal la situación. De máxima, que subestimó la inteligencia de un electorado que detesta las manipulaciones, porque ahora se sabe que el presunto ladrón que –en su versión– habría introducido el maléfico Sergio Berni en su domicilio es, en realidad, un viejo conocido suyo, de su mujer, de su jefe de campaña y un habitué del barrio amurallado donde vive.
Desde que Horacio Verbitsky informó que 15 días atrás Massa, el hombre de la seguridad en VHS, evitó hacer público que fue víctima de un robo para no quedar abochornado ante los votantes, el comité de campaña del tigrense ensayó una estrategia de control de daños que, lejos de ser efectiva, lo hundió en una desopilante comedia de enredos donde el candidato, hay que decirlo, se llevó la peor parte: la duda.
El lunes, su comité lo obligó a dar una conferencia de prensa, en compañía de su familia, para decir que el robo no era un robo, sino algo mucho más grave: "Se equivocaron si creyeron que nos íbamos a asustar." ¿Quiénes? Habló concretamente de un acto de intimidación del gobierno nacional. Su suegra, Marcela Durrieu, fue más lejos todavía: acusó al ladrón furtivo de ser un "oficial de inteligencia" a las órdenes de la Secretaría de Seguridad. Sí, el prefecto Alcides Díaz Gorgonia, el mismo que llegó en su propio auto a dar el golpe, disparó contra una cámara, dejó una vaina servida en la escena del crimen, se llevó luego el arma a su domicilio, se dejó ver con una campera de Prefectura y hasta tomó mate con los custodios del country, vendría a ser un espía. Como el agente 86.
El dramatismo olió a impostura, en realidad. A mise en scène generada para comunicar que no se trató de un hecho policial, sino de una operación de espionaje motorizada por el gobierno para hurgar en las intimidades del candidato opositor y arrebatarle dos pendrives. La idea, evidentemente, fue instalar a Massa como víctima de un Watergate criollo. En síntesis, montar una operación mediática para contrarrestar los efectos del papelón revelado por Verbitsky y además dañar al kirchnerismo y sacar algún rédito de eso, en la última curva antes del desafío electoral. Una fuga hacia adelante, con final predecible.
Porque la estrategia estaba destinada a fracasar desde el comienzo. Massa no supo explicar por qué razón, si fue el gran perjudicado por una operación urdida en los sótanos de la Casa Rosada, dejó pasar dos semanas para denunciarlo públicamente. Su versión de que el fiscal Jorge Magaz se lo pidió suena a cuento. ¿Qué candidato desaprovecharía poner a sus adversarios bajo un manto de sospecha ante un suceso tan grave, de tanta trascendencia? Menos que menos, Massa. Tampoco sonó convincente Durrieu cuando intentó presentar a Díaz Gorgonia como el ejecutor de la sigilosa maniobra: basta ver sus movimientos torpes, casi chaplinescos, en las imágenes difundidas por el propio municipio, para advertir que nunca hubiera pasado el filtro para ser integrante de la Orquesta Roja. Y menos creíble resultó la historia, cuando el propio Massa se mostró dolido, hablando de querer proteger a sus hijos, desde el propio living de su casa, exponiendo sus retratos a tiro de cámara en todos los canales de noticias.
Pero para comprender en su real dimensión la fallida jugada de su equipo de campaña, hay que repasar la primera plana de Clarín y La Nación y sus coberturas del día martes. Clarín tituló: "Termina complicando al gobierno el robo en la casa de Massa". La Nación, en un tono menos tajante: "Massa insinuó que el robo fue un intento de intimidación." Los dos, sin embargo, trabajaron en sintonía buscando reforzar la idea desplegada en el descargo massista del día anterior y tratando de dejar mal parado al gobierno en el escándalo. Ricardo Roa, en su melodramática columna "Del editor al lector" de Clarín, titulada "Culpable de haber sido robado", quiso ir en ayuda de su candidato, pero no lo ayudó demasiado recordando la denuncia contra el radical Enrique Olivera, a quien un dirigente kirchnerista atribuyó cuentas en el exterior por 2 millones de dólares nunca comprobadas, cinco días antes de las elecciones de 2005. En aquel momento, el jefe de Gabinete, de quien dependía el denunciante, era Alberto Fernández. El mismo que, esta vez, estaba junto a Massa en su conferencia de prensa.
Ayer, Joaquín Morales Solá y Eduardo van der Kooy salieron a sostener al candidato de sus empresas. El primero se preguntó: "¿Estaba acaso el prefecto haciendo inteligencia dentro del barrio donde vive Massa? Si se convierte a la víctima en culpable estamos ante una perversión de la lógica. Un intendente que es lo que es Massa no tiene poder sobre ninguna fuerza de seguridad." Y el segundo, agregó: "El asalto en la casa del intendente de Tigre desplazó de la campaña los temas de corrupción. Los argumentos de Massa parecen más creíbles ante la historia de oscuridades de los funcionarios cristinistas."
Todo tomado con alfileres, y con mucho prejuicio, alrededor de la dependencia orgánica de Díaz Gorgonia y de la Prefectura Naval del Ministerio de Seguridad. Como si fuera un desconocido para el massismo. Eso que ocultaron o minimizaron, precisamente, vuelve difícil de creer lo que Massa dijo sobre el supuesto robo. Tan inverosímil resultó que terminó cediendo: "No voy a hablar más, quieren meterme en el barro." ¿Cómo? ¿Es víctima de un Watergate y elige callarse? ¿O, finalmente, algo salió mal y conviene que el tema no se agrande?
Las crónicas internas de los dos diarios hegemónicos, para peor, siguieron omitiendo información relevante que el secretario Berni había ofrecido a todos los periodistas la noche del lunes, en otra conferencia de prensa, replicando la fantástica teoría del Watergate K.
Berni distribuyó una carpeta donde consta que Juan José Álvarez, actual jefe de campaña de Massa y ex integrante de la SIDE en la época de la dictadura, conoce al menos desde 2002 –cuando se desempeñaba como secretario de Seguridad Interior del gobierno de Eduardo Duhalde–, al prefecto Díaz Gorgonia, por entonces Ayudante de Primera.
Que los domicilios fiscales de las hijas de Díaz Gorgonia coinciden con los locales de Rever Pass, de Avenida Cazón 1534, en Tigre, donde se publicita con grandes carteles la oferta política del Frente Renovador, locales en cuyo piso superior se realizarían reuniones de este espacio político, lo cual fue refrendado por vecinos de la zona, y todo a pocos pasos de la municipalidad.
Que María Martínez, empleada doméstica de la familia Massa, fue despedida –suspendida en sus tareas, admitió Sergio Massa– el 20 de julio, día del robo, sin mayores explicaciones. Se afirma que la mujer sería pareja de Díaz Gorgonia, algo que fue desmentido por ella, aunque reconoció que el prefecto visitaba la casa con frecuencia.
La declaración testimonial del prefecto principal Roberto Andrés García, jefe de la Delegación Tigre, que presta servicios adicionales en el country Isla del Sol, desde 1998, es llamativa. Se le preguntó si conocía a Díaz Gorgonia. Dijo que sí: "Que los días viernes habitualmente concurría a Prefectura Tigre para participar de un almuerzo de camaradería que se realiza en la misma. Durante estas reuniones Díaz Gorgonia manifestó ser muy conocido de la señora esposa del señor Sergio Tomás Massa y de este, y además colaboraba con este en tareas comunitarias, concurriendo asiduamente al barrio Isla del Sol."
Otro testimonio bajo juramento es el de la cabo primero de Prefectura Graciela Natalia Gacio, furriel de la División Operaciones de Tigre, que dejó asentado en el expediente que mientras prestó adicionales en el country, durante todo el año 2012, "el ayudante principal Díaz Gorgonia ingresaba al mismo sin ningún tipo de inconvenientes (…) Que generalmente cuando ingresaba se detenía y bajaba de su auto e ingresaba a la portería y saludaba al portero como así también al personal de Prefectura con los que charlaba con frecuencia (…) Que luego se observaba por las cámaras de seguridad que el vehículo conducido por Díaz Gorgonia se dirigía hacia el lote de la casa del intendente Sergio Massa. Que todos en el lugar tenían conocimiento de que el ayudante principal era muy allegado a la familia de Massa (…) Que lo vio entrar en varias oportunidades, siendo su frecuencia una o dos veces por semana (…) Que los motivos por los cuales ingresaba el mencionado era por la familiaridad que existía entre la familia Massa y el ayudante Díaz Gorgonio (…) Que tiene conocimiento de que este tiene un local de ropa femenina en la Avenida Cazón, lindante local por medio con la municipalidad de Tigre."
El ayudante de tercera Andrés Marvezy dijo que se sorprendió con la detención de Díaz Gorgonio "debido a que siempre se jactaba de ser acreedor de una relación personal con Sergio Massa". El ayudante mayor Carlos Schultze declaró en igual sentido: "Que en varias oportunidades Díaz Gorgonio comentaba que era conocido del actual intendente de la localidad de Tigre, y que una vez llegó tarde al relevo en la Sala de Situación y se justificó de su tardanza manifestando que había participado de una reunión con el mencionado intendente”. El ayudante de primera Carlos Pasca brindó detalles de la familiaridad entre el ladrón y sus víctimas: "Tenía una relación cordial con los vecinos del country, entre los que se destacaba el señor Massa y su señora esposa, a la que observó que el ayudante Díaz Gorgonio en varias oportunidades saludaba con un beso en la mejilla (…) Que en varias ocasiones le manifestó al declarante y a otros integrantes de la Prefectura que tenía una estrecha relación de amistad con el señor Massa". Hugo Barrios, otro prefecto, abundó sobre esa relación: "Tenía una relación cordial con Sergio Massa, con Malena Galmarini, como así también con su empleada de nombre María Ester Martínez (…) Que por comentario del propio Díaz Gorgonio sabía que concurría al country a ver al intendente Massa y que este lo ayudaba con dos locales de venta de ropas que tiene cerca de la municipalidad." Lo mismo dijeron los prefectos Carlos Scifo y Oscar Reuniga.
Es decir: Díaz Gorgonio era un viejo conocido de Massa y su entorno. Esta es una certeza. La única. Para todo lo demás, las versiones que circulan tanto en la Secretaría de Seguridad de la Nación como en el Ministerio de Seguridad provincial son temerarias. Hablan de que todo el episodio del robo fue pactado entre Massa y el prefecto, que se habría tratado de una operación electoral que se iba a usar el jueves, a horas de los comicios, pero que la publicación de Verbitsky dejó al desnudo. Es verosímil. ¿Es probable? No se sabe, aunque el interrogante, por sí solo, conspira contra el candidato.
A ver: si Massa fue robado, intentó evitar que esto se difundiera y luego, tras la filtración informativa, montó una operación para zafar del papelón ensuciando al gobierno con un Watergate de cabotaje y de paso sacar algún rédito electoral, es grave.
Si, en cambio, armó un falso robo para victimizarse, perjudicar así las chances electorales del oficialismo y engañar a los votantes con premeditación y alevosía, es mucho, mucho peor.
Lo primero puede ser una mentira. Lo segundo no tiene nombre.
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