viernes, 5 de julio de 2013

EGIPTO: ANÁLISIS DE SITUACIÓN

Egipto en el filo de un profundo cambio

Por MehRash, para PIA, Teherán.- Durante las últimas semanas, se han profundizado las diferencias y las tensiones entre los distintos grupos políticos en Egipto, al punto de producirse un golpe de estado contra el gobierno de Mohamed Mursi, ocasionando su destitución. El tiempo ha mostrado que el gobierno egipcio que le siguió a la dictadura de Mubarak, por medio de la combinación de medidas represivas e incentivos, nunca logró ser aceptado por su propio pueblo. Aunque Mursi estuvo legalmente un año en el poder, no pudo convencer a gran parte de su país acerca de su legitimidad. Sus declaraciones, que normalmente tenían un tono irónico hacia los opositores, siempre recordando que gozaba de cierta legitimidad constitucional, sólo lograron provocar a la oposición. Sólo echaba leña al fuego.
Mursi y el partido de los Hermanos Musulmanes al que pertenece, nunca comprendieron las condiciones del país árabe y no fueron capaces de controlar o mejorar la situación. Así lo reveló el gran incremento de las protestas. A la vez, al no poder resolver los problemas nacionales que se fueron profundizando, el mandatario ahora destituido, fue perdiendo seguidores y aliados. Tal es el caso de Abolfotouh, Mohammad Salim Al-Awa y el partido Al-Wasat, quienes se unieron a los opositores del gobierno en los últimos meses abandonando a un Mursi en crisis. Asimismo, se hizo evidente que grandes grupos de votantes perdieron su confianza en la capacidad y competencia de Mursi. Según algunos informes, al menos 15 millones de egipcios firmaron una solicitud para que renunciara a la presidencia. Millones apoyaron luego su destitución.
Los Hermanos Musulmanes equivocaron el camino. Tras la Revolución egipcia de 2011, se había pautado establecer un comité para conducir el proceso que se abría. Los líderes de los principales grupos políticos que protagonizaron la revolución serían parte de ese comité a través del cual se esperaba llegar a un acuerdo para elegir el nuevo y mejor camino para el país. Este comité tenía por tarea elaborar un borrador de la nueva constitución y convocar a una Asamblea Constituyente para debatir la nueva carta magna y buscar su aprobación para finalmente someterla a referéndum popular.
El objetivo político era que dicho comité y el pueblo egipcio puedan construir nuevas bases para un nuevo Egipto. Porque esa nueva constitución, las nuevas estructuras y la nuevas autoridades, como legado de la revolución egipcia, cotaban con la legitimidad y la credibilidad, y por lo tanto, el respaldo del pueblo de Egipto. Se trataba de una política posible, que si se hubiese transitado, nunca se hubiese llevado al país árabe a su actual crisis.
Desgraciadamente, desde el principio, Mursi y la Hermandad Musulmana, adoptaron una política incorrecta. Un año después de la revolución egipcia de 2011, Mohamed Hussein Tantawi Soliman, presidente del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas de Egipto bajo la presidencia de Hosni Mubarak, tomó las riendas del país, en lugar de los líderes de los grupos revolucionarios. De hecho, los jefes militares del régimen de Mubarak fueron quienes prepararon el borrador de la nueva constitución, sin haber realizado cambios significativos en comparación con la constitución anterior. Esa constitución de los militares de Mubarak fue aprobada. Allí se indicaba que debían celebrarse elecciones de integrantes de la Asamblea del Pueblo egipcio. No era claro si a esos legisladores les cabía la responsabilidad de legislar o de preparar una nueva constitución. Esto ocasionó que desde su origen existieran diferentes opiniones entre los líderes de los partidos vencedores (como los Hermanos Musulmanes y los grupos salafistas) y el Consejo Supremo Militar en cuanto a los principios y responsabilidades de esta Asamblea.
Finalmente los líderes de los Hermanos Musulmanes anunciaron que la nueva Asamblea tendría la responsabilidad de redactar la constitución. Para ello encargaron esa labor a cien de sus miembros, mientras el Consejo Supremo Militar ilegalizaba y clausuraba la Asamblea. Esas cien personas continuaron con su responsabilidad asignad. Entretanto, se celebraron elecciones presidenciales, donde el candidato común de la Hermandad Musulmana y de los grupos salafistas –Mohamad Mursi-, obtuvo una frágil victoria, en un proceso electoral donde obtuvo apenas 400 mil votos más que su principal competidor. Por su parte, los Hermanos Musulmanes no aceptaron ni la constitución del mandato de Mubarak ni la nueva constitución redactada por el Consejo Supremo Militar. Cabe entonces preguntarse algo que nadie ha respondido aún: ¿cómo es posible considerar legítima la elección de un presidente que ha sido electo en base a una constitución ilegítima?
Ante la nueva situación, una vez electo, Mursi decidió reemplazar el Fiscal General y los miembros del Consejo Constitucional sin explicar en qué principio jurídico o norma legal se basaba para tomar semejantes medidas. Celebró un referéndum para una nueva constitución, obteniendo allí una segunda victoria, otra vez, en base al “voto frágil”. Del citado referéndum participó apenas el 25% de las personas habilitadas para sufragar. Para aprobar la nueva constitución del país era necesaria la participación de la mayoría absoluta de los egipcios habilitados para votar, y obtener dos tercios del total de los votos. Sin embargo, el referéndum se llevó a cabo.
Haciendo énfasis en los comportamientos ilegales de Mohamed Mursi y el partido de los Hermanos Musulmanes, y en la fragilidad del voto que trataba de ser base de legitimidad, los oponentes de Mursi comenzaron a exigir demandas, que poco a poco fueron aumentando. Demandaban la anulación de los resultados de las elecciones presidenciales y la suspensión de las elecciones de la Asamblea del Pueblo egipcio.
En consecuencia, Mursi y su partido deberían aceptar que no disfrutaban de un apoyo popular absoluto y una posición jurídico política fuerte. Por ello deberían haber negociado y acordado con sus oponentes. Pero a pesar de algunos diálogos llevados adelante en los últimos seis meses, las partes nunca llegaron a un acuerdo y los Hermanos Musulmanes ratificaron enfáticamente la constitución y la imposibilidad de postergar las elecciones legislativas. Finalmente, aproximadamente un mes atrás, el importante grupo de oposición Tamarod (“frontera de la rebelión”) determinó el 30 de junio de 2013 (día del primer aniversario de la llegada al poder de la Hermandad Musulmana) como el día clave, por las movilizaciones convocadas para ese día y porque era la fecha límite para que Mursi dejara el gobierno luego de la presentación de las firmas.
En este tiempo, Mursi y su partido podrían haber aceptado gran parte de las demandas de los protestantes, como la anulación de la nueva constitución y retrasar la fecha de las elecciones, así como dar la discusión sobre la forma en que debía celebrarse dicho proceso. Podrían haber buscado establecer acuerdos con los grupos de oposición para controlar las masivas protestas callejeras y reducir las objeciones al mandato de Mursi. Pero el gobierno eligió la opción de la confrontación, manteniéndose en su posición y en proyecto original. Como resultado, las protestas del 30 de junio, con alrededor de 7 millones de personas movilizadas, se dirigieron contra Mursi y su gobierno. Las protestas callejeras que derrotaron al régimen de Mubarak en la revolución egipcia contaron con poco más de 5 millones de personas.
Luego de las manifestaciones del 30 de junio, varios funcionarios de primera línea renunciaron a sus cargs. A los pocos días, el Ejército de Egipto destituyó al presidente y ubicó en su lugar a Adly Mansur, hasa ese momento titular del Tribunal Constitucional Supremo, máxima instancia judicial del país.
Durante un año de gobierno, Mursi y los Hermanos Musulmanes cometieron muchos errores. En síntesis, puede decirse que en todos los campos, fundaron sus políticas en la incertidumbre, la duda y el retraso. Sus posturas sobre la economía nunca fueron claras. Mursi solo había prometido tomar medidas estratégicas en los primeros cien días de su presidencia para reducir los problemas económicos de la gente, especialmente en lo tocando a la agricultura, al transporte y a los asuntos urbanos. La política exterior de los Hermanos Musulmanes no tuvo estrategia clara. Como resultado, nunca se hicieron evidentes las diferencias entre las posiciones tomadas por Mursi y por Mubarak, ni en el caso de Palestina, ni en las llamadas revoluciones árabes, o las exigencias de los pueblos bahreiníes y yemeníes. Respecto a Irán, las decisiones de Mursi fueron incluso peores que las de Mubarak. Mursi nunca se atrevió a hablar con franqueza sobre las relaciones de Egipto e Irán. En su carta dirigida a los líderes iraníes no se atrevió a solicitar ayuda. Acerca de Siria, a pesar de que el gobierno de Mursi fue fruto de una revolución popular, el presidente egipcio nunca tomó posturas divergentes respecto de aquellas tomadas por personajes como Malek Abdolá y el jeque Zayed. La débil gestión de los Hermanos Musulmanes en los asuntos regionales se debió a su conservadurismo extremo por un lado, y a la falta de comprensión de los desarrollos regionales por otro.
Mursi y su partido, luego de quedar inmersos en un grave problema político durante su año de gobierno, terminó por decepcionar a sus seguidores internos y a sus aliados extranjeros, debiendo enfrentar inmensas movilizaciones callejeras y finalmente, un golpe de estado que lo destituyó.
Egipto se encuentra en el filo de un profundo cambio. Es posible que este cambio no termine tomando la forma de un desarrollo positivo, y tenga como consecuencia la formación de un gobierno donde los militares controlen el poder y controlen el país por muchos años.
La pregunta central debería ser si el gran pueblo egipcio permitirá que estos conflictos lo lleven nuevamente a quedar bajo dominio de un gobierno militar aliado con Occidente.