viernes, 26 de julio de 2013

EL PIQUETE EN EL OJO COMO ESTRATEGIA OPOSITORA

La fantasía del voto equilibrante

A semanas de las PASO, reflexiones sobre las elecciones de medio término y un repaso a la fallida experiencia del Grupo A.

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Quizá el mayor rival del kirchnerismo en las PASO sea una idea que penetró hondo en la subjetividad del promedio de los votantes en los últimos 30 años de democracia: las elecciones legislativas de medio término deben servir para equilibrar el poder del Ejecutivo. La "teoría del control" parlamentario a los supuestos excesos de la Casa Rosada reúne adeptos, incluso, entre muchos electores de sus habitantes transitorios. Algo así como "te doy el poder, pero cuando tengo la oportunidad, te lo limito" apoyando ofertas legislativas opositoras, algunas muy extravagantes, que no son consideradas ni de lejos cuando se trata de elegir presidente.
Esta tentación por contrapesar al oficialismo gobernante como valor democrático se hace fuerte, sobre todo, en el núcleo de votantes que deciden su voto por efectos de coyuntura, y no por rígidas lealtades partidarias o ideológicas. Son personas que pueden votar a Cristina Kirchner como presidenta y a Elisa Carrió o a Francisco de Narváez como diputados, sin mucha contradicción o polémica. En definitiva, elegir a alguien para que gestione y administre la Nación, y a sus opuestos para que recorten o boicoteen sus capacidades desde el Congreso. En apariencia es un comportamiento contradictorio. Pero existe, y hasta cosecha el calificativo de "voto útil" o "maduro" entre los editorialistas de la prensa hegemónica. Es así, hay un sector de la ciudadanía que considera, casi de modo romántico, que un poder existe para crear fatiga en el otro; y que si eso no ocurre, porque el Ejecutivo consigue mayorías parlamentarias propias, se abre la puerta a la amenaza autoritaria. Esto último, claro, es un pensamiento mucho más elaborado que el anterior, pero con idéntico efecto en ambos casos.
Por fuera de esta utopía compensadora, la realidad es que los presidentes que no cuentan con fuerzas legislativas que apuntalen su proyecto atraviesan muchas dificultades. Barack Obama es un ejemplo candente. Dilma Rousseff, igual. Ocurre lo mismo con los premier europeos que renuncian sin más vueltas, cuando no alcanzan robustos acuerdos parlamentarios. Pero volvamos a la Argentina.
Hablamos de un régimen presidencialista, donde el electorado vota a un jefe/a de Estado para que impulse un programa de gobierno determinado. Ese plan demanda leyes para su implementación que deben ser avaladas por el Congreso. ¿Qué sucede cuando las bancadas opositoras superan en número a las oficialistas? En la teoría escandinava del consenso, nada: se supone que como son buenas normas para el país y las pide el presidente elegido libre y democráticamente en las urnas, oficialistas y opositores, con algunos cambios y variantes, todas para mejor, se dan la mano y acuerdan en su votación general. Pero en nuestro país, la verdad, sólo es posible llegar al consenso sueco o dinamarqués entre bancadas opuestas cuando lo que está en discusión es una obviedad evidente. Ejemplo: la Tierra gira alrededor del Sol y no a la inversa. Para todo el resto, vale la eterna zancadilla, el golpe debajo del cinturón, la ausencia en masa, el piquete de ojos, la negativa caprichosa, es decir, el desgaste del Ejecutivo hasta el fracaso o la inmovilidad a la espera de un nuevo turno electoral donde las chances opositoras se vean revitalizadas por una situación de desgobierno.
Repasar el trabajo legislativo opositor entre 2010 y 2011, cuando el llamado Grupo A reunió al archipiélago antikirchnerista en un solo bloque que gobernó ambas cámaras y las principales comisiones del Parlamento, es un ejercicio de memoria revelador y muy necesario frente a las elecciones de agosto y octubre.
Primero, vale recordar que esa singular composición parlamentaria fue hija de la batalla por la 125, que comenzó el 11 de marzo de 2008. Concretamente, la consecuencia electoral de un lockout patronal agropecuario de 129 días con manifestaciones, cortes de ruta, campañas mediáticas de demolición y desabastecimiento de productos esenciales en las principales ciudades del país.
El conflicto sectorial, con el tratamiento envenenado de los medios hegemónicos, se convirtió en un asunto de carácter nacional. Detrás del voto no positivo de Julio Cobos, la oposición tomó el tema como eje de su campaña para las legislativas futuras de 2009. "Hay una necesidad de que el Congreso recupera sus facultades", decía el radical Gerardo Morales. A su turno, Francisco de Narváez planteaba que el conflicto había sido "innecesario e insólito". Mauricio Macri postulaba: "Solamente con el campo el país va a salir de la pobreza. Sin él, el país no tiene futuro." El radical Oscar Aguad, el macrista Federico Pinedo y el lilito –hoy massista– Adrián Pérez, en mayo de ese año, acordaron "seguir convocando sesiones especiales en minoría hasta que el gobierno nacional y el campo retomen el diálogo o se llegue a un acuerdo frente al paro agropecuario". Esto es: mientras los patrones del agro mantenían de rehén a toda la sociedad argentina, los diputados opositores utilizaban sus bancas para presionar al gobierno elegido en 2007 con el 45% de los votos. Por un momento, con algo de lógica después de la agachada cobista que frustró el proyecto de retenciones del Ejecutivo, quedó instalado que el país se gobernaba desde el Parlamento. Las elecciones de medio término de 2009 pasaron a ser cruciales. Así lo expresaba la candidata del Acuerdo Cívico y Social-ARI, Patricia Bullrich: "Esta no es una simple elección de cambio de legisladores a mitad de mandato, enfrentamos la posibilidad de cambiar el rumbo del país, aquí nos jugamos el futuro."
La prédica surtió efecto. No alcanzaron las testimoniales ni la incursión personal de Néstor Kirchner, que terminó derrotado por Francisco de Narváez en territorio bonaerense, con el marketing vacío del "Alika, Alikate". En la apertura de las sesiones legislativas de 2010, Cristina Kirchner se anticipó a un escenario difícil, y realmente lo fue: "Las elecciones no se ganan por ponerle palos en la rueda al otro para que le vaya mal; las elecciones se ganan cuando vos tenés una mejor propuesta que el otro. Esto es lo que tenemos que aprender." Desde sus bancas, la escuchaban atentos 257 diputados: 115 pertenecientes al FPV y sus aliados; y 142 opositores (el "Grupo A") de la UCR, el Peronismo Federal, la Coalición Cívica, el PRO, el Partido Socialista, el GEN, Proyecto Sur, Frente Cívico, Unidad Popular, Corriente del Pensamiento Federal, Libres del Sur, Córdoba Federal y otros siete monobloques. El kirchnerismo había perdido la mayoría, la presidencia de Diputados y el quórum propio en las primeras elecciones después de la derrota de la 125.
En los dos años siguientes, el Grupo A se repartió las comisiones e intentó cogobernar desde el Congreso. Así y todo, producto de la diversidad de propuestas partidarias y el excesivo narcisismo de sus líderes, sólo pudo unirse en plenitud para frustrar algunas leyes clave, como la del Presupuesto, nada menos, y votar una sola: la del 82% móvil para los jubilados, aunque sin ponerse de acuerdo en el financiamiento, lo que derivó en el veto de Cristina Kirchner. De las 39 sesiones de período 2010-2011, los opositores no alcanzaron quórum propio en ocho, pese a tenerlo holgadamente garantizado sólo con la suma de sus parlamentarios. Lo que sigue es apenas un boletín de faltas, como los que se extienden en un colegio. No intenta ser un estudio cerrado sobre razones más o menos atendibles del comportamiento legislativo del antikirchnerismo.
En 2010, se convocaron 27 sesiones en Diputados. Sólo se pudieron celebrar 18 y se votaron en total 86 leyes. El laxo compromiso de las principales espadas opositoras con el funcionamiento republicano de la Cámara surge de las siguientes cifras. Ricardo Alfonsín estuvo ausente en la votación de 39 leyes (el 45,35%). Eduardo Amadeo, en 40 (el 46,51%). Elisa Carrió, en 37 (el 43,02%). De Narváez, en 33 (el 38,37%). Ricardo Gil Lavedra, en 18 (el 20,93%). Gabriela Michetti, en once (el 12,79%). Pino Solanas, en 37 (el 43,02%); y Margarita Stolbizer, en 29 (el 33,72%).
En 2011, se convocaron 12 sesiones. Hubo quórum en ocho. Y la cantidad de proyectos de ley votados llegaron a 92. Alfonsín se ausentó en 31 leyes (el 33,70%). Amadeo en 12 (el 13,04%). Carrió en 76 (el 82,61%). De Narváez en 77 (el 83,70%). Gil Lavedra en una (el 1,09%). Michetti en 44 (el 47,83%). Pino Solanas en 39 (el 42,39%) y Stolbizer en once (el 11,96%). El Grupo A tuvo en ese lapso la presidencia de 45 comisiones.
Las leyes más importantes de esos dos años de cuasiparálisis parlamentaria fueron votadas por el FPV y sus aliados, en minoría. El 4 de mayo del 2010 se sancionó la ley de matrimonio igualitario, que contó con la abstención de Carrió, que tampoco se pronunció por la de "infanticidio", sesión a la que no asistieron ni Michetti ni Pino Solanas y otros 49 legisladores antikirchneristas. En la de "trabajo domiciliario" pegaron el faltazo Bullrich, Carrió, De Narváez, Michetti, Solanas, Stolbizer y otros 62 opositores. En la de "lavado de activos", los ausentes fueron Alfonsín, Amadeo, Bullrich, Carrió, De Narváez, Solanas y otros 68. Tampoco estuvieron Alfonsín, Amadeo, Bullrich, Carrió, De Narváez y 36 más cuando se sancionó la regulación de la "medicina prepaga". Otra vez Alfonsín, Amadeo, Carrió, Claudio Lozano, Federico Pindeo, Solanas y otros 111 se esfumaron el día de la votación de la ley de "promoción del software". En la del “Tabaco”, Alfonsín, Carrió y Solanas y otros 70. En la de Imprescriptibilidad de la Acción Penal en delitos contra la Integridad Sexual de Menores, faltaron Michetti, Alfonsín, De Narváez y otros 40. En la de Derecho a la Identidad de Género, Michetti, Carrió y otros 65. En la de "muerte digna", Carrió, De Narváez, Michetti, Solanas y otros 104 diputados opositores.
Vamos de vuelta. La variación en el número puede ser simplemente el reflejo de la legítima disidencia frente a cada uno de los proyectos a ser debatidos. Es cierto, no hay pecado en ser opositor a un gobierno y es verdad que la democracias se nutre de las diferentes miradas y opiniones. Pero un breve repaso de las leyes deja dos conclusiones: 1) eran todos temas bastante relevantes; y 2) para expresar la disidencia, el otro punto de vista, el argumento alternativo, hay que estar presente y no ausente.
La pretendida vocación del Grupo A por cogobernar consensualmente desde el Congreso se fue convirtiendo con el paso de los meses en una simple maquinaria de boicot a los proyectos enviados por el Ejecutivo. Sus líderes, que soñaban con una plataforma común para suceder a Cristina Kirchner en 2011, vieron frustradas sus intenciones: la sociedad castigó la estrategia opositora y volvió a premiar a la presidenta, esta vez con el 54% de los votos y con una nueva supremacía parlamentaria, derivada del aluvión nacional kirchnerista.
Cuando faltan pocas semanas para las PASO, es casi seguro que un porcentaje nada desdeñable de esos electores vuelva a ser seducido por la idea del equilibrio. Es como un espejismo de lo políticamente correcto, fuertemente instalado por la costumbre y el repiqueteo incesante del relato mediático. En este contexto, un votante del 54% podría interrogarse por qué a la candidata que ayudó a ganar en las últimas presidenciales, a la que todavía le quedan dos años de mandato constitucional para cumplir con su programa de gobierno, habría que retacearle las mayorías en el Congreso y dejarla peligrosamente a merced de las muchas oposiciones que sólo acuerdan en el boicot a sus proyectos.
Los antecedentes sobre la experiencia fallida del Grupo A debieran funcionar como ayudamemoria.
Está todo escrito en el Diario de Sesiones.
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