lunes, 13 de mayo de 2013

Entrevista a Domingo Jerez, el ex conscripto declarará en la causa Arsenales II-Jefatura II

"Nos ordenaron prender fuego a los cuerpos, pero yo me negué"

 Fue llamado por la fiscalía tucumana para explicar cómo operaba el Regimiento 19 de Infantería, en el que se desempeñó como chofer. El juicio investiga delitos aberrantes contra 215 víctimas, ocurridos inmediatamente después del golpe.  

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Por: 
Tiempo Argentino
 A raíz de su primera intervención en un juicio por crímenes de lesa humanidad ocurridos en Tucumán durante la última dictadura, en la que reconoció a genocidas bussistas como torturadores y responsables de asesinatos y secuestros, Domingo Jerez fue ofrecido como testigo general por la fiscalía en la megacausa "Arsenales II-Jefatura II", que actualmente se tramita ante el Tribunal Oral Federal de esa provincia. 
Las audiencias, iniciadas en noviembre pasado, involucran como imputados a 41 ex integrantes del Ejército, la policía y la Gendarmería, entre los que figuran también el escribano Juan Carlos Benedicto (prófugo durante seis meses y hoy detenido) y el párroco José Mijalchyk, primer sacerdote sometido a proceso en ese lugar del país. La querella denuncia delitos de lesa humanidad  contra más de 200 víctimas, entre los que figuran secuestros, desapariciones, asesinatos, torturas y robo de criaturas recién nacidas.
En su presentación durante la causa "Jefatura I", Jerez describió los métodos violentos que Antonio Bussi obligaba a practicar a los jefes del Regimiento 19 de Infantería, donde el ex conscripto era chofer, "como si fuera que no existían las cárceles y los jueces para juzgar a la persona como la tienen que juzgar". Relató que entre las secuestradas pudo ver a varias mujeres embarazadas, y que "había una flaquita que estaba de encargue y vi que le ponían el fusil en la vagina; a esta chica no la vi más, comentaban que el marido era guerrillero y que se lo habían llevado".
Ante el tribunal, Jerez contó que "a los cuerpos de las personas que fusilaban los quemaban". También fue testigo de  "varias violaciones de domicilios, torturas y secuestros porque yo iba en el camión, presencié asesinatos y actos de desaparición de cuerpos de personas", y recordó a por lo menos siete embarazadas atadas a camastros en el dispensario de Caspinchango, listas para ser trasladadas una vez ocurridos los partos. Explicó que los operativos se montaban pasadas las 12 de la noche, y que varias veces, luego de rematar con varios disparos a un detenido, los oficiales decían: "hay que llevar los fiambres a enterrar".
De aquella declaración se destaca un párrafo que los fiscales tratarán de profundizar en la causa actual. Jerez afirmó que era factible que pudiera encontrar hoy el lugar preciso de los hechos antes relatados, y que también podría encontrar otros lugares de los que tiene conocimiento, donde habría gente enterrada.
Jerez estuvo dos días en Buenos Aires, y habló con Tiempo Argentino. 
 
–¿Dónde te trasladaron al comenzar la conscripción?
–Recorrí algunas bases de la provincia, hasta que fui a parar al Regimiento 19 de Infantería, en una Compañía de Servicio. Era lo que llamaban zona de operaciones. De ahí me llevaron al monte  tupido, en Caspinchango, cerca del ingenio Santa Lucía. Las Fuerzas Armadas usaban como cárcel un viejo taller abandonado del ingenio. 
–¿Un Centro Clandestino de Detención?
–Sí, torturaban gente. Era invierno, se mezclaban el frío, los gritos de los que agarraban, la vegetación. La primera vez que aparecí en ese lugar me cargaron en un camión cerca de la compuerta. Era un colimba más, el capitán me gritó "dejame a mí, pibe, que conozco el camino". Pero después me ordenaron que fuera chofer. A partir de ahí, lo único que hice fue manejar los camiones. En mayo de 1976, una ambulancia del Ejército manejada por un conscripto que había denunciado un asesinato voló por el aire en esa zona. Y la dictadura lo atribuyó a un atentado del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Yo estuve en ese lugar y escuché la explosión. Era un camino precario, cerca de una plantación de caña. Al lugar lo llaman "el callejón", cruzado por un puente que da miedo. El camino es corto, más o menos de tres kilómetros, y separa Caspinchango de Santa Lucía. Nosotros pasamos, llegamos al ingenio, pero antes vi a un costado a un grupo de gente con palas y piquetas. Pensé que se trataba de  trabajadores de Vialidad, pero en realidad se estaban preparando, eran los militares que detonaron la bomba después, justo cuando la ambulancia pasó por el mismo lugar que habíamos transitado nosotros. Al tiempo entendí todo, los tipos andaban escondidos, esperando nerviosos, ¡si hasta los saludé, y me contestaron! Uno de ellos era de los servicios de inteligencia, pero de eso nos enteramos más tarde
–¿De qué otras cosas fuiste testigo?
–Torturaban a las mujeres, sobre todo a las de encargue. Les metían palos en la vagina, las punteaban con picana eléctrica, les tiraban agua y después las picaneaban para que la electricidad corriera más rápido. Como era chofer, y me paseaban de un lado a otro, estaba en todos lados. Una vez vi cómo mataron a dos hombres, los venían torturando desde hacía veinte días. Pasábamos por un paraje, un teniente los obligó a saltar del camión: "¡Vamos zurditos, ahora corran y escapensé!" ¿Cómo hacían, si ni podían caminar de los golpes y las quemaduras? Al final saltaron, y alguien dio la orden de dispararles de atrás. 
– ¿Y los cuerpos?
– Los jeeps cargaban nafta, y los Unimog, gasoil. Me hicieron ir a buscar varios bidones al depósito. "¡Todos al monte, agarren palas y a cavar, mierda!" Tuve que ir, hicimos varias fosas y tiraron los cuerpos a los pozos. Nos ordenaron prenderlos fuego, pero yo me negué.
–Antes hablabas de las chicas secuestradas que estaban embarazadas. ¿Pasaron muchas por Caspinchango?
–Varias, me las crucé yo mismo. A las mujeres de encargue las agarraban y las encerraban varios días en un dispensario viejo, especie de enfermería. Hasta que, cuando estaban a punto de tener familia, venía un helicóptero, las cargaban y se las llevaban. Pero nunca pude averiguar a dónde. Capaz que con el tiempo las habrán muerto, después de agarrarse los chicos. Eso pienso yo…
–¿Cuáles eran las otras zonas en donde actuaba el Regimiento 19?
–En Nueva Baviera, donde también funcionaba un ingenio enorme. Es el departamento de Famaillá, a 40 kilómetros al sur de San Miguel, cerca de la ruta 38. Ese era uno de los peores lugares de todos, porque los militares tenían un sótano gigante donde metían montones de secuestrados. Para hacer centros clandestinos agarraban cualquier cosa, escuelas desocupadas, ingenios que ya no abrían. Otra cárcel de esas estaba en Villa Nogués, una zona turística llena de estudiantes.
–¿Charlabas con tus compañeros?
–Con algunos. Con Hilario Díaz, y con otro de apellido Reynoso. A Hilario le decía bajito: "Che, mirá lo que le hacen a la gente". A nosotros no nos gustaba lo que hacían los militares. A la gente que no tenía nada que ver se la llevaban. Y si te negabas, te mataban ahí nomás, y aparte te buscaban a la familia. Lo primero que decían era "este es guerrillero". A un lustrador de zapatos le decían guerrillero. ¡Si no sabía manejar ni una gomera! Ponele que yo sea guerrillero, ¿vos pensás que no voy a andar cargado con granadas? No dormiría tampoco dentro de casa. Era terrible, en esa época yo tenía una mujer y un hijo. Salía de franco y tenía que llevar plata prestada para que se mantengan. Porque los militares no te daban ni un mango. Así estuve 16 meses.
–¿Te animabas a tener contacto con gente encerrada?
–Con algunos, pero nos teníamos que cuidar. Me acuerdo de alguien de cuerpo mediano, con bigotes, le decíamos "Panchito". Me decía que él no había hecho nada, que le avisara a la madre para que lo fuera a buscar. Y yo no iba a dejar que me vieran agarrando papeles y anotando. Sabía de ingeniería, lo obligaban a que dibujara planos del cerro, no sé para qué. Yo no he podido ir (baja la mirada, y se queda callado), no le dije nada a la madre, y nunca pude verlo más, es un desaparecido. Cuando hablé en el primer juicio oral de Tucumán, me doy vuelta y veo los carteles que levantaban las madres de los muchachos secuestrados… y ahí estaba la foto de Panchito. Se me apareció de golpe. Le dije al juez: "Ese es Panchito". Un tipo valiente, combatidor…
–Pasaron más de tres décadas del comienzo de la dictadura. ¿Por qué hablás ahora?
–Porque no aguantaba más. No podía dormir. Estaba ocultando, tapando una cosa que no valía la pena hacer. Porque vamos a decir, si estás en un tiroteo o en una guerra, bueno, tenés que ir dispuesto a matar, porque si no, te matan a vos. Pero ahí agarraban a gente que no tenía nada que ver, gente indefensa, trabajadora. Además, les pegaban. Les ordenaban que gritaran "viva Perón", y cuando abrían la boca, les daban más fuerte. En todo ese tiempo me despertaba a los saltos. Cerraba los ojos y veía a la gente cuando le goteaba la sangre. Lo que nunca entendí  fue cómo el bussismo quiere seguir gobernando, como ahora, que el hijo es candidato. ¡Si nunca hicieron nada! ¿Y sabés cómo se manejaron, cómo levantaron escuelas y caminos? Si vos tenías un corralón, ellos iban, ponían un camión de frente y te ordenaban "¡Dame cien bolsas de cemento y cien de cal, y  guarda con decir vale tanto!". Si el negocio tenía tres vehículos, te llevaban dos, los hacían pedazos de tanto andarlos, y los tiraban. ¿Y quién no iba a hacer cosas así? Yo haría casas para todos los pobres, así lo haría yo. Pero este gobierno sí que está haciendo mucho. La señora Cristina, la presidenta. Está haciendo cosas que ningún presidente ni gobernador hizo en Tucumán.
–¿Te torturaron?
–Sí, porque un día no le quise pegar a un soldado del regimiento. Se me acercó un capitán: "¡Jerez, castigueló!". Lo habían arrastrado al medio de las cañas, y le pasaron sogas por todo el cuerpo. Le di un chirlo. "Hacé que gritás, que nos matan a los dos", y le pegué un poco más fuerte. Al otro día le pedí disculpas: "Perdoná hermano, me obligaron. Ahora, si querés, pegame un chirlo vos a mí". Pero los milicos se dieron cuenta de que hacíamos teatro. Quedé atado toda la noche en un rincón, me comí moscas y bichos, en el medio de la lluvia. Cuando clareó pensé que me soltaban, pero seguí ahí otro día entero. Otra vez estaquearon a un compañero, lo dejaron abierto de pies y manos, clavado al piso boca arriba. ¿Sabés qué hicieron? Le cubrieron la cara con una lonilla tirante, y la llenaron de agua. Para que el agua se calentara y sufriera más. En un momento le dije que saliera, lo desaté para que descansara, y me puse en su lugar un rato. Pero un jefe lo descubrió. Para mí, 40 días de calabozo, y a él lo volvieron a estaquear.
–¿A quién recordás entre los represores?
–Al teniente primero Valdiviezo. Lo veía todos los días en la base de Santa Lucía. Y a un subteniente de apellido Onecto, porteño, de Buenos Aires. Ellos lo acompañaban a (Antonio) Bussi, conversaban con él. De noche jugaban al truco, tomaban whisky, y salían a buscar gente y la traían detenida. Yo salía con ellos pero la orden era que me quedara sentado en el volante y no me moviera.
–¿En los operativos? ¿Cómo eran?
–Uno de los trabajos que tenía asignados era llevar el camión a la ciudad para traer víveres, comida, algunos medicamentos, ropa. De repente me decían que largara todo, porque había una urgencia. Era cuando salían a agarrar a la gente. Llegábamos a una casa, y me hacían esperar en la esquina: "Parate acá que ahora volvemos". Pero yo veía todo. Rompían la puerta, entraban a los tacazos, y salían con los secuestrados. Juntaban mucha gente. Fui un montón de veces, no me acuerdo cuánto, pero un montón. Por en general el lugar que elegían para encerrarlos era ese sótano de Nueva Baviera. Ahí, primero les daban una paliza fiera, y los tiraban al piso. Algunos morían en el momento, o a otros les fallaba el corazón con tanta picana. Vi muchas cosas feas, porque en mi provincia siempre las cosas fueron así, feas, y empezaron en 1975, antes de que los militares llegaran al gobierno. Querían buscar una causa para dar el golpe de Estado, y entonces, ellos la armaron, y también la terminaron. «
 
"Bussi los mató a palazos"
 
“Fue en Timbú Viejo, pasando la ciudad, hacia el norte. Ahí vi a Bussi personalmente matar a dos personas”, dice Jerez. 
 
– ¿Qué pasó?
– Un día detuvieron a dos hombres, y Bussi apareció de golpe. Los hizo llamar, ordenó que los metieran en el aula de una escuela abandonada. Y ahí vi cómo los garroteó. Los mató a palazos cerca de la oración. El anochecer, como le decimos nosotros.
– ¿Te descubrieron?
– No, me cuidé. Los pobres estaban bien atados, y cuando me doy cuenta que los empieza a garrotear, espié por la ventana. Por el trabajo de chofer, yo tenía más tiempo libre que los demás. Y cuando no hacía viajes, o tomaba mate o limpiaba el camión. Entonces me acerqué despacio, nadie se iba a dar cuenta. Al otro día nos repartieron cigarros a todos, me dieron como diez paquetes. No sé, a lo mejor pensaron que alguien hablaría, y se hicieron los buenos.