lunes, 5 de noviembre de 2012

Argentina: Dilemas de la izquierda marxistaImprimirE-mail
Lunes, 21 de Mayo de 2012 16:51
Atilio Borón
No es lo mismo, para la izquierda, posicionarse frente a Piñera, Calderón, Santos o Chinchilla, que hacerlo frente a Cristina o, salvando algunas diferencias, frente a Dilma en Brasil.
Al igual que Hamlet, la izquierda argentina se pasea incansablemente por los confines de la oposición preguntándose las razones por las cuales no logra constituirse como una efectiva alternativa de gobierno. Pero esta imagen es, en realidad, engañosa, porque no hay un errante príncipe Hamlet, sino dos. El primero –que representa a una minoría dentro de la izquierda– se interroga angustiosamente acerca del significado e impacto de los cambios experimentados en fechas recientes por el capitalismo argentino una de cuyas muchas consecuencias ha sido la fragmentación y desorganización del universo popular y su subordinación a las políticas clientelares desarrolladas desde el Estado. Esto, además, tuvo lugar en un período como el que se abriera luego de la crisis de la Convertibilidad y en el cual se registraron muy elevadas tasas de crecimiento económico las que, sin embargo, no lograron regresar los indicadores de la pobreza a los niveles existentes al período anterior a la crisis. Hubo una mejoría, sin duda, en relación al punto más candente de la crisis (finales del 2001 y buena parte del 2002), en la cual los indicadores de pobreza y desigualdad se dispararon hasta niveles sin precedentes en la historia nacional, cercanos a los que caracterizan al África Subsahariana. Pero si bien la recomposición capitalista gestionada primero por el gobierno de Eduardo Duhalde y su Ministro de Economía Roberto Lavagna y continuada luego, en parte con el mismo ministro, en la primera mitad del mandato de Néstor Kirchner, pudo garantizar una rápida recuperación del crecimiento económico los resultados en materia de redistribución de ingresos fueron, en el mejor de los casos, modestos.

A diez años de iniciado ese proceso la pobreza, sigue afectando, según cálculos de diversas fuentes (gobiernos provinciales administrados por el kirchnerismo, consultoras privadas, la Universidad Católica Argentina, etcétera) aproximadamente a la cuarta parte de la población argentina. Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), intervenido por el gobierno nacional y carente por completo de credibilidad, anuncian en cambio, una proporción de personas viviendo debajo de la línea de la pobreza inferior al diez por ciento, dato éste que no es tomado seriamente siquiera por los sindicatos afines al kirchnerismo a la hora de negociar sus convenios colectivos con las distintas patronales.

La paradoja que atribula a este primer Hamlet de la izquierda es que bajo estas condiciones, habiéndose demostrado la incapacidad de la economía capitalista de redistribuir aún en un contexto de elevado crecimiento económico durante más de ocho años, las capas y sectores populares no consideran a la izquierda como una alternativa de gobierno capaz de construir una sociedad mejor.

El otro Hamlet, representativo de una opinión mayoritaria en el seno de la izquierda, gusta vestirse con los atuendos del Dr. Pangloss y pensar, como el personaje incurablemente optimista de Voltaire, que tarde o temprano la "verdad de la revolución" madurará en el seno del proletariado y que no hay nada que cambiar. La propia irrelevancia política y su falta de gravitación electoral y social así como las complejas mediaciones de la coyuntura no hacen mella en su fe en la victoria final. Para esta concepción sectaria, la tragedia de una izquierda ausente nada tiene que ver con las renovadas capacidades de desarticulación de la protesta social exhibida por el capitalismo contemporáneo, su eficacia para co-optar liderazgos contestatarios, el poderío de su industria cultural para manipular conciencias amén de las debilidades de sus propuestas, sus formas autoritarias de organización, lo arcaico de sus discursos hacia la sociedad o su desconexión con las urgencias sociales de nuestro tiempo. "Autocrítica" es una palabra que no existe en el diccionario de los fundamentalistas de izquierda; "rectificar" es otro verbo desconocido en su lenguaje. En su versión más rudimentaria esta actitud reposa sobre un axioma indiscutible: si la revolución no se consumó fue porque una cierta dirigencia de izquierda traicionó al mandato popular.

Fragmentación

Estas dos posturas se encuentran, en distintas proporciones, en todas las fuerzas y organizaciones de izquierda, sin excepción. Fiel a la tradición peronista, la praxis gubernamental del kirchnerismo acentuó la fragmentación de la izquierda. En realidad, no sólo de ésta: también dividió a la Central de Trabajadores Argentinos en un ala pro-K y otra profundamente anti-K. Lo mismo hizo con la organización de las pequeñas y medianas empresas y hasta con la más importante central empresaria, la Unión Industrial Argentina. Partidos centenarios como el radicalismo y el socialismo, así como importantes agrupaciones estudiantiles universitarias, no escaparon a esta lógica de “división primero y fagocitación después” que ha caracterizado al peronismo desde sus inicios.

En el campo de la izquierda esta escisión promovida por un poder cuya voracidad es inagotable no hizo sino profundizar su debilidad. Un sector de ella, principalmente el Partido Comunista (PC), transita por el estrecho y peligroso sendero del “apoyo crítico” al gobierno de Cristina Fernández a partir del reconocimiento del carácter progresista de algunas políticas, como el masivo enjuiciamiento a los genocidas; reorientación latinoamericanista de la política exterior; algunas medidas de política social como la “asignación universal por hijo”, extensión de los beneficios jubilatorios, estatización de los fondos privados de pensión, ley de medios, matrimonio igualitario y más recientemente, re-nacionalización parcial de YPF vía expropiación de las acciones de Repsol. Pero junto con estas iniciativas hay otras, de signo claramente reaccionario, como la aprobación de cuatro -no una sino cuatro- leyes antiterroristas entre 2007 y 2011 a pedido de “la embajada”; y otras de carácter regresivo como el apoyo a la megaminería a cielo abierto, la sojización del agro, la extranjerización de la economía, la complicidad con el gigantesco proceso de vaciamiento experimentado por YPF a manos de Repsol, el mantenimiento de algunas vigas maestras del modelo neoliberal establecido por la dictadura cívico-militar (como, por ejemplo, la “Ley de entidades financieras” que consagra la primacía del capital financiero y la renta especulativa), la impotencia reguladora del Estado y la escandalosa regresividad tributaria que caracteriza a la economía argentina. Esta volátil y contradictoria combinación hace que algunas fuerzas políticas, no sólo el PC, piensen que hay “un gobierno en disputa” y que hay que aprovechar las fisuras e inconsistencias del gobierno de Cristina Fernández para avanzar en una agenda de radicalización de las transformaciones en curso. Es una apuesta riesgosa y la probabilidad de un desenlace exitoso es incierta, si bien no pocas veces la historia adopta cursos inesperados que toman por sorpresa aún a los actores más prevenidos. Es por eso que esta tesis del “gobierno en disputa” sigue concitando adeptos en muchas fuerzas políticas y espacios del progresismo argentino, sobre todo cuando se comprueba que, al menos en términos electorales, las alternativas más probables de reemplazo al kirchnerismo serían portadoras de un retroceso considerable en casi todos los frentes, comenzando por los derechos humanos y terminando por la gestión macroeconómica.

Renuentes a cualquier clase de “apoyo táctico o crítico” son otras organizaciones de izquierda, de inspiración trotskista, como el Partido Obrero (PO) y el Partido de los Trabajadores Socialistas (PST), que proponen una política de oposición intransigente y radical al kirchnerismo. No es de extrañar esta actitud cuando lo mismo proponen para gobiernos como los de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela, amén de tener una actitud sumamente crítica para con la propia Revolución Cubana. El fundamento de esta política maximalista es la repulsa que emana del reconocimiento de los rasgos más conservadores del kirchnerismo (señalados en el párrafo anterior) acompañada de un simétrico desconocimiento de que, a pesar del mantenimiento de importantes niveles de pobreza y exclusión social, la situación de las capas más postergadas y explotadas de la población ha experimentado una relativa mejoría a partir de los horrores de finales del 2001 y comienzos del 2002, y que los logros del oficialismo no son tan sólo un “relato” sino que tienen una cierta encarnadura en el terreno prosaico pero crucial de la economía popular. Y esto no sólo surge del examen de algunos datos objetivos sino que, más importante aún, tiene su fundamento en la percepción y la sensación que manifiestan sectores mayoritarios de las clases trabajadoras. De lo contrario no se comprende cómo la fórmula de la “izquierda dura”, que unificó al PO y al PST obtuvo en las últimas elecciones presidenciales poco más del 2 por ciento de la votación popular contra el 54 por ciento del cristinismo. La conciencia alienada de la clase trabajadora no alcanza para explicar tamaña diferencia. Sin duda que hay algo más.

Esta dispersión de la izquierda marxista afecta también a otros espacios del progresismo, atravesado por similares contradicciones. Con el agravante que por su gran labilidad ideológica son fuerzas fácilmente co-optables por el kirchnerismo. El Partido Humanista y sectores importantes del Nuevo Encuentro, por ejemplo, se aproximaron tanto en sus políticas de alianzas con el cristinismo que sin darse cuenta terminaron instalados al interior del Frente para la Victoria de la presidenta Cristina Fernández. Esto revela, nuevamente, la gran dificultad que representa el peronismo como fenómeno de masas y como heredero de la más radical experiencia populista de que se tenga noticias en América Latina, causante en la segunda mitad de la década de los cuarentas, de la mayor redistribución de ingresos en cualquier país de la región hasta el triunfo de la Revolución Cubana. Es por eso que el peronismo en sus sucesivas encarnaciones: el populismo keynesiano del primer Perón, el ultraneoliberalismo de Menem y el kirchnerismo neodesarrollista, es un Júpiter político que atrae a su campo gravitacional cualquier fuerza que, seducida por su retórica tan desafiante como inconsecuente o por sus componentes más reformistas, intente acompañar sus políticas con la secreta esperanza de conducirlas por una ruta ajena al itinerario trazado por el capital. Pero si el peligro para quienes piensan en sostener “alianzas tácticas” con tan poderoso aliado es su desaparición, fundido en el magma de un populismo en permanente reconversión y en donde los elementos de derecha adquieren cada vez mayor fuerza, el riesgo para quienes deciden enfrentarlo radicalmente como si fuera un gobierno de derecha más -como si Cristina fuera Calderón o Chinchilla- y mantenerse lejos de su campo gravitacional es quedar reducidos a una expresión eternamente condenada a ser una secta testimonial, de irreprochable radicalismo pero privada por completo de toda relevancia práctica lo cual, hay que decirlo, suscita problemas para nada insignificantes de responsabilidad política que no podemos analizar aquí.

Como puede colegirse de lo anterior, no hay una solución sencilla para el enigma que representa el peronismo en la política argentina: un proyecto burgués, sin dudas, porque la misma Cristina ha dicho una y mil veces que lo que anhela es instalar en la Argentina un “capitalismo serio”, pero dotado de una envidiable base popular que ha mantenido su lealtad al peronismo durante sesenta y siete años, desde las lejanas jornadas fundacionales del 17 de Octubre de 1945. No es lo mismo, para la izquierda, posicionarse frente a Piñera, Calderón, Santos o Chinchilla, que hacerlo frente a Cristina o, salvando algunas diferencias, frente a Dilma en Brasil. De ahí la enorme dificultad de la izquierda marxista para hacer política, para pasar de sus más que justificadas denuncias –éticas, económicas, políticas- a la construcción de una alternativa de masas orientada hacia la superación histórica del capitalismo.

- Dr. Atilio A. Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina www.centrocultural.coop/pled
Este breve texto re-elabora algunas de las ideas contenidas en el capítulo 7 de nuestro Tras el Búho de Minerva (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000) El libro puede descargarse íntegramente desde nuestro blog: www.atilioboron.com.ar

[Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No 475, correspondiente a mayo de 2012

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