sábado, 10 de noviembre de 2012



La marcha sin 9N (publicado el 9/11/12 en Diario Registrado)

Por Dante Augusto Palma

Las diferentes coberturas de la multitudinaria movilización del 8N mostraron una enorme y dispar catarata de reivindicaciones que incluían carteles con leyendas como las siguientes: “Seguridad”, “INDEC miente”, “No a una nueva reelección”, “CFK, devolvé la Fragata”, “No a los presos políticos”, “Por una justicia independiente”, “Quiero un billete de 500$ con la cara de Favaloro”, “Basta de corrupción”, “Andate Kretina”, “No al 7D”, “Queremos ser libres”, “No tenemos miedo”, “Yo no la voté”, “Quiero viajar”, “No a la dictadura de los K”, “Basta de Guillermo Moreno (primera vez en la historia que debe haber una movilización para exigir la renuncia de un Secretario de Comercio), “82% móvil ya”,  etc.     
Ahora bien, más allá de la cartelería, especialmente a través de los testimonios en vivo que pudo recoger Cynthia García, temeraria enviada del programa de la Televisión Pública, 678, ícono comunicacional de la supuesta dictadura, los ciudadanos pudieron expresarse libremente y agregaron, por si no alcanzaba con todo lo anterior, “No queremos más soberbia”, “Nos tienen que escuchar”, “Basta de cadenas nacionales”, “678 es una mierda”, “Vengo acá porque estoy en contra de la devaluación (SIC)”, “Esta presidenta nos dejó un riesgo País de 1066 puntos, peor que el de Grecia”, “Hace falta una nueva ley penal”, “Que Cristina vaya a visitar la Fragata”, etc. Pero es más, una señora indicó que estaba allí para exigirle a Macri que haga algo con la construcción del edificio que desde hace años amenaza su medianera y no faltó una suerte de kamikaze que reivindicó a la presidenta y dijo estar en la plaza para poder dialogar y eventualmente, convencer, a los manifestantes de sus errores.    
Esta heterogeneidad marca un rasgo identitario de esta marcha y las dificultades que tienen los organizadores para poder canalizar esta bronca en un candidato y un programa de gobierno. De hecho fue oscilante y zigzagueante la actitud de los referentes de los partidos más importantes. El PRO agitó y movilizó pero intentó hacerlo subrepticiamente a través de sus militantes. Al ser desenmascarado, el propio Macri dio un viraje, llamó a participar y afirmó a través de Twitter, que es bueno que la gente se manifieste aunque debía hacerlo con banderas argentinas y no con banderas partidarias. Sin embargo, una de las caras preferidas de los medios hegemónicos, diputada del FAP, Victoria Donda, declaró a La Nación, que los políticos no deberían ir para no “enturbiar” la marcha. Así están las cosas, el administrador antipolítico llama a una manifestación política y la socialista nieta recuperada con padres desaparecidos, entiende que la política tergiversa los intereses “puros” de las manifestaciones de la sociedad civil.
Estas paradojas y estas declaraciones de ocasión del arco opositor, quizás expliquen por qué ninguno de los asistentes a la marcha afirmase sentirse representado por algún político no kirchnerista y seguramente se entrelaza con, creo yo, la mejor pregunta realizada por la improvisada movilera antes mencionada: “¿Qué esperás que pase mañana?” Una pregunta simple, que generó balbuceos y perplejidad porque el objeto de la bronca estaba puesto en CFK pero no había ningún tipo de perspectiva o noción de qué tipo de consecuencias se esperaba de la marcha. Los más antidemocráticos decían “no sé, que se vaya” y los más culposos se quedaban en el “no sé”. Probablemente esta ausencia de proyección sea una de las características de lo que Horacio González llamó “multitud abstracta”, en tanto suma de individualidades difusa en sus movimientos y portadora de inmateriales consignas. Porque toda la energía era reactiva, como si el 8N fuese una suerte de gran orgía catártica en el que una importante cantidad de ciudadanos iba a expresar, incluso, frustraciones personales. Recordaba la forma en que en la cancha insultamos al jugador rival por el sólo hecho de ser rival o el modo en que en la novela 1984, de George Orwell, se ofrecía una imagen del rostro de Goldstein, el enemigo, para que los ciudadanos lo vituperaran y pudieran canalizar allí toda esa angustia traducida en odio. Por ello el micrófono funcionaba así como una suerte de confesionario aunque del otro lado ya no hubiera cura ni Gran Hermano, sino, naturalmente, los nuevos confesores: los periodistas. Era una total exacerbación del yo indignado. No había respuesta a cómo acabar con la inseguridad, a cómo salir de las restricciones al dólar, a cómo hacer para dar el 82% móvil sin desfinanciar al Estado, o qué tipo de formas comunicacionales debiera adoptar este o el gobierno que venga. Tampoco resultaba preciso qué cosas se deben cambiar para que haya mayor o plena libertad, como algunos exigían. Por eso esta es una marcha sin 9N, una marcha sin futuro porque no tiene propuesta y los organizadores deberían saberlo aun cuando puedan volver a impulsar otra marcha de igual magnitud. Porque con gente indignada haciendo ruido en la calle no alcanza si no hay una propuesta de mañana y menos que menos hay posibilidad de cambiar si no se le ofrece al gobierno de turno la opción adecuada. Porque cuando uno asiste a una marcha lo hace con un objetivo preciso y aun cuando sea reactivo, un mero “No” a algo, ofrece una alternativa aunque más no sea el no innovar.
Lo interesante es que, insólitamente, una fuerte protesta contra el gobierno nacional quizás se haya transformado en un problema más para la oposición que para el oficialismo. Porque el gobierno, guste o no, parece tener un rumbo más o menos claro más allá de errores circunstanciales o dificultades propias de la gestión. Pero la oposición sigue sin agenda propia, nucleada en torno a resistir la total vigencia de una ley democrática y oponiéndose a una propuesta, hasta ahora, completamente abstracta como es el intento de una nueva reelección de CFK. Porque el latiguillo del “diálogo” y el “queremos que nos escuchen” que repiten como mantra en sus apariciones públicas los opositores muestra su rostro más ridículo cuando se les ofrece la palabra y, en vez de proponer, responden con el ruido de una cacerola.    

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